Celeste echó una mirada al maestro en el escenario, tragándose la rabia y bajando la cabeza.
—No volverá a pasar.
Apenas terminó de hablar, se dirigió hacia las compañeras con las que solía pasar el rato. Se sentó cerca de ellas y, en voz baja, preguntó:
—¿Por qué no me avisaron cuando se fueron hoy?
Las mismas chicas que antes la trataban con tanta amabilidad ni siquiera la voltearon a ver.
La sonrisa de Celeste se congeló por un segundo. Esperó a que terminara la clase para, con una sonrisa forzada, decirles:
—Vamos al bar en la noche, yo invito.
Aunque lo decía en voz alta, por dentro se burlaba de ellas: “Estas muertas de hambre, gastan mi dinero y al final se hacen las importantes, qué ridículas. Si les molesta tanto, a ver si tienen el valor de decirme que no”.
Celeste las miró esperando que, como siempre, corrieran a adularla. Pero esta vez, ninguna se movió. Solo la miraban fijamente, con una expresión de burla pintada en la cara.
—¿Por qué me miran así? —preguntó Celeste, desconcertada.
Las tres la rodearon, cruzándose de brazos, y le soltaron en tono sarcástico:
—¿Y ahora qué presumes, Celeste? ¿Por tener unos cuantos pesos ya te crees mucho? No tienes nada de especial.
—Seguro no entraste a Twitter hoy, ¿verdad? Porque ya todos saben quién es la bastarda que se atreve a juntarse con nosotras. Hasta da asco.
—Tu mamá es una cualquiera, y tú, como su hija, no podías ser diferente. Por eso siempre andas a escondidas con los chicos de la escuela, ¿no? Se nota que traes la misma maña de tu mamá.
—Tal palo, tal astilla.
—Dime, Celeste, ¿en serio eres hija de Maximiliano o de Alejandro?
...
Las chicas se le acercaron hasta acorralarla en una esquina.
—¿Qué tonterías están diciendo? —la voz de Celeste temblaba, pero intentó mantener la calma. Sacó el celular de la bolsa y abrió Twitter.

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