—Pásale, entra.
Vanessa se quedó boquiabierta al ver la decoración de la casa de Aurora. Por un instante, sintió como si hubiera regresado a su propio hogar.
Lo que Vanessa no sabía era que Aurora había mandado a decorar el lugar exactamente como la casa de Vanessa, pensando que ese estilo le agradaba.
Vanessa asintió levemente hacia Aurora y entró sin más.
—Siéntate aquí —dijo Aurora, apartando con entusiasmo una silla.
Vanessa no dudó ni un segundo y tomó asiento al instante.
Al ver los platillos sobre la mesa, Vanessa se quedó un poco pasmada.
—¿Estos platillos...?
—¿No te gustan? —preguntó Aurora, visiblemente nerviosa. Debajo de la mesa, tenía las manos apretadas con fuerza.
Vanessa sonrió para tranquilizarla.
—No, sí me gustan mucho.
Si no se equivocaba, esos eran justo los platos que había pedido la vez que ambas comieron juntas. Qué curioso que Aurora aún los recordara.
En cuanto Vanessa terminó de hablar, notó cómo Aurora soltó el aire, aliviada.
—Prueba, a ver qué te parece —insistió Aurora, mirándola con una expresión de niña ansiosa por un elogio.
Todo se veía apetitoso, muy bien presentado y con colores vivos.
Sin pensarlo mucho, Vanessa tomó con el tenedor un poco del salteado de verduras, que tenía justo enfrente.
Con gran expectativa, llevó la comida a la boca. Su expresión cambió apenas la probó.
—¿Cuánta sal le puso a esto?
Aurora, que no había tocado sus propios cubiertos, la miraba esperando su reacción.
—¿Y? ¿Qué tal?
Vanessa, haciendo un esfuerzo, forzó una sonrisa.
—Está bueno —respondió, aunque por dentro sentía que la boca se le secaba por lo salado.
Aurora se sintió encantada con la respuesta. Que su hija la elogiara de esa manera le llenaba el corazón de orgullo, mucho más que cualquier éxito en sus negocios.
Vanessa echó un vistazo a todos los platillos y eligió otro, uno de los vegetales. Tomó un poco y lo probó.

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