—¡Pum!— Un dolor punzante le atravesó la cabeza a Alejandro, quien abrió los ojos de golpe.
Recuerdos nebulosos, similares a ese instante, comenzaron a ordenarse en su mente, como si una cortina pesada se descorriera.
—Vanessa, como hija adoptiva de la familia Sánchez, no puedes competir con Celeste.
—Vanessa, eres la hija adoptiva de los Sánchez, no puedes entrar a la empresa. Celeste es la futura heredera del Grupo Sánchez, ella es diferente.
—Vanessa, yo fui quien te adoptó, quien te crio hasta ahora. Sin mí, no serías quien eres. Ahora que Celeste está en problemas, aunque sea por agradecimiento, debes donarle tu riñón.
—Vane, eres adoptada. Tu estatus no va con la familia Flores. A tu hermana le gusta Marcelo, así que no te metas en su relación.
...
Cada una de esas frases habían salido de su propia boca.
En ese momento, Alejandro comprendió cuántas veces la había lastimado.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, enrojecidos por la culpa y la impotencia. Quiso hablar, pero ningún sonido salió de sus labios.
¿Y ahora qué? ¿Pretendía dar lástima? Vanessa soltó una risa cortante, apretando los dientes mientras le soltaba:
—En esta vida, no pienso perdonar a nadie que me haya lastimado, y tú no eres la excepción, Alejandro.
Aún le dedicó una última advertencia:
—Si no quieres acabar mal, te aconsejo que ni se te ocurra aparecerte otra vez frente a mí.
Dicho esto, Vanessa se dio la vuelta para marcharse.
Al ver que ella se iba, Alejandro perdió la compostura. De repente, se dejó caer de rodillas al suelo, el sonido seco resonó en el aire.
—Vane, perdóname—. No le salía nada más, no encontraba palabras que pudieran reparar el daño.
Vanessa se detuvo y lo miró por encima del hombro. Verlo arrodillado no le provocó ni lástima ni sorpresa; le dedicó una mueca desdeñosa y se acercó, con el disgusto pintado en la cara.
—No des asco, ¿sí? No vengas a hacerme pasar vergüenza en la entrada de mi universidad. ¿Qué? ¿Quieres que mañana salga en todos lados?

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