Vanessa ya había perdido la cuenta de cuántas veces había escuchado esas palabras.
Estaba a punto de rechazar de nuevo, pero en ese momento el Dr. Arturo intervino:
—Vane, anda, ve con ellos. Ese grupo de chamacos no para de pedir que los orientes.
Al final, a Vanessa no le quedó más remedio que asentir, aunque en su mirada se notaba algo de resignación.
Justo entonces, dos voces cargadas de burla sonaron detrás de ella.
—Arturo, ¿acaso en tu facultad de química ya no queda nadie? —se quejó uno—. Siempre queriendo llevarse a nuestro mejor talento de medicina.
—Vane es de nuestra facultad de medicina —añadió el otro—. Si alguien va a recibir asesoría, primero deberían ser los de medicina, no los de química. Yo digo que Vane esta tarde venga conmigo a la facultad de medicina tradicional, que escuche una clase y de paso oriente a nuestros estudiantes.
El de semblante amable era el director de medicina, mientras que el que tenía el gesto más duro era el profesor de medicina tradicional.
—Ustedes otra vez, par de viejos tercos —espetó Arturo, soltando una risa sarcástica—. Sí que se meten donde nadie los llama.
El director Federico, con una sonrisa fingida, replicó:
—Por más que nos metamos, Sr. Arturo, nunca llegaremos tan lejos como usted, que hasta de la facultad de química se mete en asuntos de medicina.
Y remató con desprecio:
—Dígame, Sr. Arturo, ¿su siguiente paso será llevarse a nuestros mejores estudiantes a su facultad de química?
—¿Y si sí? Con el talento de Vane, debió haber venido con nosotros desde el principio —respondió Arturo, sin molestarse en ocultar su interés—. Un talento así lo quisiera cualquiera.
La verdad, Arturo llevaba rato queriendo convencer a Vanessa de pasarse a química. Ni pena le daba.
—Ni lo sueñes —Federico lo miró serio, ya sin paciencia—. Te advierto, Arturo, si sigues intentando llevarte a Vane, no me voy a quedar de brazos cruzados.
Vanessa era brillante. Tenía una habilidad para la medicina que nadie en la facultad podía igualar. Desde el director hasta los tutores y maestros, todos la consideraban la joya de la corona, su consentida.
Si alguien intentaba llevársela, era como si quisieran arrancarles el corazón a los profesores y directivos de medicina.

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