La fiesta había comenzado y Guillermo llamó a Emilio a su lado. En ese momento, Vanessa se quedó sola en un rincón.
No pasó mucho tiempo antes de que alguien se acercara. Un hombre, vestido con un impecable traje negro de pies a cabeza, se le aproximó con una sonrisa confiada.
—Señorita, ¿me daría el honor de invitarle una copa? —dijo el hombre, claramente fascinado por la belleza de Vanessa.
Al cruzar su mirada con la de él, Vanessa sintió una repulsión inmediata ante el ardor evidente en sus ojos.
—No, gracias —respondió Vanessa, retirando su mirada con indiferencia.
Había conocido a muchos hombres como él en su vida pasada, y siempre le habían dejado un mal sabor de boca. El hombre, sorprendido por el rechazo, frunció el ceño, pero al recordar que Vanessa era la hija de Emilio, se tragó su descontento y se retiró sin más.
Varios otros hombres intentaron acercarse después, cada uno con sus propias intenciones, ya fuera por su belleza o por la influencia de su padre Emilio. Sin embargo, Vanessa los rechazó a todos.
Las fiestas en los círculos de la alta sociedad siempre estaban motivadas por el interés, y Vanessa no tenía ganas de participar en esos juegos. Prefirió salir al jardín a tomar aire fresco.
La familia Leyva era una de las más prominentes en Nueva Alameda, y el hotel donde se celebraba la fiesta era de lo mejor, con un jardín trasero que era simplemente hermoso.
Mientras paseaba por el jardín, Vanessa escuchó un sonido inquietante, como de huesos rompiéndose, seguido de un gemido masculino.
Se acercó con cautela y vio a un grupo de hombres golpeando a alguien que vestía el uniforme de un camarero de la fiesta. A un lado, un hombre estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas y un cigarro en la boca, observando la escena brutal con una actitud despreocupada y altiva.

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