Patricia estaba que se mordía los labios de la rabia, pero no podía mostrarlo.
—Tía, déjeme a mí —dijo, conteniendo su enojo mientras tomaba el tazón de sopa de las manos de Carmen.
Con destreza, Patricia se sentó junto a la cama del abuelo, hablando en voz baja para tranquilizarlo.
—Abuelo, tome un poco de sopa primero.
Después de un rato, continuó:
—No se enoje, hoy es domingo y Vane probablemente se quedó dormida, por eso no vino. No creo que no quiera verlo.
—Ella simplemente no quiere verme —contestó el abuelo con un resoplido, aunque no había enojo en su voz.
Aunque Patricia estaba molesta, sabía que esa muchacha había salvado al abuelo, así que no dijo nada más.
Las palabras de Patricia hicieron que Emilio frunciera el ceño, mirándola con una expresión que cortaba como el hielo.
—Patricia, ¿acaso olvidaste lo que te dije la última vez? —La amenaza implícita en sus palabras era evidente para todos los presentes.
Patricia sintió un escalofrío recorrer su cuerpo bajo la mirada de Emilio. Con temor, respondió:
—No... no lo he olvidado.
La familia Leyva estaba actualmente bajo el mando de Emilio, y Patricia lo detestaba, pero no se atrevía a desafiarlo. Emilio no era conocido por su afecto hacia nadie, y menos hacia Patricia y su hermano, quienes solo eran miembros adoptivos de la familia.
Emilio la observó con frialdad, convencido cada vez más de que esos dos no podían quedarse.
Agustín y Patricia habían crecido bajo la protección excesiva de Guillermo, lo que les daba la confianza para actuar con audacia dentro de la familia Leyva. Guillermo los trataba incluso mejor que a sus propios hijos, lo que alimentó las ambiciones de ambos hermanos más allá de lo que era prudente.
El resto de la familia Leyva los veía como bufones y no los tomaba en serio.

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