—¡He terminado! —El joven adolescente dejó los cubiertos y suspiró satisfecho. Se levantó y quiso subir.
La mano de Dámaso se congeló con ligereza mientras sujetaba los cubiertos.
—¿Vas a subir a ver a Camila?
Reflexionó Belisario.
—¡Si!
Camila le había prometido ver una película de animación hoy.
—Espera…
El hombre arrugó el entrecejo y miró al Señor Hernández a un lado. El Señor Hernández lo comprendió intuyendo lo que quería e instruyó a Belisario.
—Señor Belisario, recuerde no darle nada de comer ni de beber a la Señora Lombardini cuando suba.
—Ejem, ejem… —El hombre tosió con ligereza con las cejas muy fruncidas.
Señor Hernández se volvió más temeroso.
—Mmm. Recuerde no darle a la Señora Lombardini nada de comer o beber.
Dámaso se quedó boquiabierto.
Belisario asintió confundido.
—¡Entiendo!
Tras ello, el joven subió con precipitación las escaleras, dejándoles con un borrón azul marino de su figura.
Dámaso miró con frialdad al Señor Hernández en el comedor a través de la seda negra. El Señor Hernández se sintió incómodo. Podía sentir que Dámaso no estaba de buen humor incluso a través de la capa de seda negra. Temblaba de miedo.
«No he hecho nada malo, ¿verdad?».
Tras un largo rato, el Señor Hernández al final no pudo contenerse y preguntó con culpabilidad:
—¿Tiene alguna otra instrucción, Señor Lombardini?
Dámaso no dijo nada. Seguía mirando al Señor Hernández con una frialdad glacial.
—¿No es... la comida de su gusto?
¡¿Cómo iba a saber el Señor Hernández en qué estaba pensando Dámaso?! En efecto, ¡el circuito cerebral de Dámaso difería cuando estaba enamorado!
—¿Qué sentido tiene tenerte cerca? —Dámaso puso los ojos en blanco—. Piensa en una manera de hacer que coma algo.
El Señor Hernández estaba estupefacto.
—¡Muy bien!
…
—¡Toma un poco de leche, Cami! —Belisario llamó a la puerta de Camila esa misma mañana mientras sostenía un gran vaso de leche caliente.
Camila apretó los labios. No se atrevió a volver a mirar la leche. Bajó la mirada mientras sostenía su iPad y buscó la serie de animación que antes había prometido ver con Belisario.
—Ven aquí.
Belisario sonrió mientras dejaba la leche en la mesa antes de acercarse.
¡Grrr!
El estómago de Camila empezó a rugir, para su decepción.

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