Dámaso casi no pudo contener la sonrisa.
—¿Qué más?
Las mejillas de Camila se sonrojaron.
—Maridito, soy tu mujer. Dijiste que la confianza es lo más importante entre marido y mujer… —Camila se sintió culpable al decir esto. Ayer no creía en él y lo consideraba un mal tipo. Aun así, ronroneó coqueta—: Fui tonta y no confié al cien por ciento en ti. Pero, maridito, puedes confiar en mí. No tengo en absoluto sentimientos impropios hacia él.
Su actitud era genuina, y casi quería hacer un juramento. Dámaso se frotó las sienes con resignación.
—Vámonos…
Camila se quedó de piedra.
—¿Adónde?
Dámaso giró hacia el ascensor y dijo:
—Si nos demoramos más, tu querido señor podría haber partido hacia su ciudad natal.
Camila se levantó entusiasmada. Corrió hacia Dámaso para empujar su silla de ruedas.
—¡Cariño, deja que te ayude! Eres el mejor.
Dámaso sacudió la cabeza con resignación. Nunca pensó que algún día cambiaría su persistencia de siempre por culpa de aquella joven. Desde que su hermana murió en un incendio, hacía trece años, había jurado no tener piedad con nadie. Ian había mostrado en repetidas ocasiones su interés por Camila. Si hubiera sido en el pasado, Dámaso habría ido tras él.
…
—¿Qué quieres con exactitud? —«No me dejan trabajar en la ciudad ni en una clínica pequeña».
—¿Camila? ¿Qué te trae por aquí? Ian levantó la mirada y se sorprendió al ver a Camila.
Estos días, Dámaso había ido tras él. Sabía la razón, pero nunca había buscado a Camila. No quería que Dámaso le hiciera pasar un mal rato por su culpa. Casarse con un hombre como Dámaso ya era bastante difícil, así que Ian no quería causarle más problemas a Camila. No obstante, se alegró mucho de ver a Camila en ese momento.
Se levantó, deseoso de abrazar a Camila, pero ésta retrocedió para evitar su gesto. Ella miró a Ian con una amplia sonrisa y le dijo:
—Ian, ya no tienes que volver. Mi maridito prometió conseguirte trabajo en el mejor instituto de investigación de Adamania. Ian, tienes talento y capacidad. Deberías ir a sitios mejores. Por favor, no vuelvas a nuestra ciudad natal. No hay futuro para ti allí.
Ian se quedó de piedra cuando escucho la dulce voz de Camila. No daba crédito a lo que oía.
—Camila, ¿dijiste que Dámaso prometió dejarme trabajar en un instituto de investigación?

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