—Oh, Maridito, ¿por qué le mentiste a la maestra? —Camila no pudo evitar quejarse cuando llegaron abajo. Sabía que su profesora era una simplona, excepto cuando resolvía ecuaciones matemáticas. Se tomaría en serio las palabras de Dámaso y seguiría siendo educada con ella en adelante. Sólo de pensarlo, Camila se sentía incómoda.
—Cami. —Dámaso la llamó con una sonrisa.
—¿Qué pasa?
El tono de Dámaso estaba lleno de sarcasmo.
—¿Son todos los ratones de biblioteca tan ingenuos como tú y tu profesor de matemáticas?
—¡No somos ratones de biblioteca! Estudiamos con diligencia.
—¿Sólo eres diligente cuando se trata de estudiar?
—¡No! ¡Somos diligentes en todo lo que hacemos! —Camila corrigió a Dámaso con desgana.
…
—¡Señor Lombardini! —En cuanto Dámaso salió del ascensor, la mujer de rojo, que había estado esperando en el vestíbulo de la oficina, se acercó a él—. Señor Lombardini, estoy aquí para disculparme... —Antes de que pudiera terminar la frase, se fijó en Camila y se detuvo con brusquedad.
Le temblaban los labios.
—Señor Lombardini, ella es…
—Ella es mi esposa. Pero ya he dicho que no necesito tus disculpas. —Frunciendo el ceño, Dámaso palmeó la mano de Camila y dijo—: Vámonos.
Camila tarareó en respuesta y giró a Dámaso hacia la salida. Atónita, la mujer los alcanzó.
—Señor Lombardini, le he esperado toda la noche. Por favor, acepte mis disculpas. —Su voz se quebraba.
Camila empujó tranquilo a Dámaso y se quedó perpleja.
«¡El enemigo de un enemigo es un amigo! Avergonzó a Tito por lo que había hecho. ¡Es muy atrevida!».
Y así, Camila empezó a charlar con Violeta.
—¿Por qué querías disculparte con mi marido? —La expresión de Violeta se volvió desagradable—. Son... algunos asuntos relacionados con el trabajo. Hay alguna conexión entre el Señor Lombardini y mi padre.
Frunció el ceño y miró por un breve momento a Camila.
—Señora Lombardini, ¿puede concedernos un momento?
Camila aceptó de buen grado.
—Claro. Iré a jugar Candy Crush al lado. Avísame cuando termines. —Entonces, la chica sacó su teléfono y fue a sentarse en un banco de la esquina.
Tras asegurarse de que Camila no podía escuchar su conversación, Violeta exhaló profundo y miró a Dámaso.
—Señor Lombardini, mi padre me ha enviado para pedirle disculpas. No debería haberme tomado la libertad de pedir a la comunidad médica que boicoteara a Ian Pozo. Pero lo hice porque pensé que, al hacerlo, usted se sentiría complacido —dijo la mujer con una mirada sincera.

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