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Secreto de mi esposo ciego romance Capítulo 219

Mila se enfureció aún más.

—¡Deberíamos hacer una denuncia a la policía! Vino y te pegó sin entender la situación.

Ian negó con la cabeza.

—Olvídalo. Es poderoso. Incluso si presentamos esta grabación de video a la policía, podrían no presentar un caso...

Mila apretó los labios.

—Cierto. Su atuendo no parece el de un plebeyo. ¿Qué te parece esto? Me consideran una persona influyente en Twitter. Puedo publicar el video en Internet y presionarlo para que se disculpe. «Hombre rico atacó a un médico». ¿Qué te parece este título?

Ian sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa malvada.

—Pongámoslo así: «Un hombre rico se acostó con la mujer de su colega y le dio una paliza al médico después de que la mujer abortara».

Los ojos de Mila se abrieron de golpe.

—¡Qué noticia tan impactante! ¿La mujer que estaba embarazada es la esposa de su colega?

En el hospital.

Camila se apoyó en la cama con las mejillas sonrojadas, mirando a Dámaso, que le masajeaba las piernas.

—Estoy bien. No tienes que hacer esto…

Después de que Luci se fuera, Dámaso había estado masajeando las piernas de Camila durante casi una hora sin decir una palabra.

Aunque no estaba cansado, Camila se inquietó.

Tenía razón: antes le dolían las piernas. Pero después del masaje, solo las sentía calientes.

—Dámaso. —Le llamó con suavidad, pero éste no respondió—. Maridito. —Sólo entonces Dámaso levantó los ojos para mirar a Camila—. Di algo, ¿quieres?

Sin embargo, el repentino movimiento le produjo un mareo. Por instinto se presionó las sienes y cerró los ojos para aliviar el mareo.

—Quédate quieta. —Dámaso frunció el ceño y apretó a Camila contra la cama. Camila aprovechó para tomarlo de la mano y besarlo con suavidad en los labios, enviándole un pulso eléctrico por todo el cuerpo.

Atónito, Dámaso la miró.

Con las mejillas enrojecidas, Camila lo miró con timidez.

—Maridito, por favor, deja de enfadarte... Me equivoqué. Prometo no repetir el mismo error...

La mujer era delgada y parecía inocente.

Mirándola a los ojos oscuros y brillantes, Dámaso frunció el ceño.

—Niña tonta.

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