A Camila no le impresionó el comentario sarcástico de Ian.
—¡Ian!
Ella tenía la impresión de que Ian era un hombre amable y considerado. Nunca hablaría del estado de un paciente delante de ellos porque podría herir sus sentimientos. Pero ¿por qué eligió decirle estas palabras a Dámaso? Ian se dio cuenta con rapidez de lo poco profesional que había sido cuando Camila le llamó por su nombre. Se aclaró la garganta en voz baja.
—Mis disculpas, he ido demasiado lejos.
—Es verdad, no veo nada. —Los labios de Dámaso se curvaron en una sonrisa indiferente mientras tiraba de Camila para abrazarla.
—Aunque no pueda ver la cara de Camila… —Le pasó los dedos largos y finos por la cara y añadió con suavidad—. Puedo sentirlo.
Ian se mordió los labios con fiereza. Comprendió de qué hablaba Dámaso. Eran comentarios burlones, le decía a Ian que nunca podría tocar a Camila. Camila seguía por completo ajena a la chisporroteante tensión que se respiraba en el ambiente.
Ella miró a Ian crédula,
—Ian, Dámaso es en realidad bueno en esto. Puede averiguar cómo eres sólo con tocarte la cara.
Ian se quedó sin palabras.
«¡¿Quién demonios quiere ser tocado por él?!».
Sentado en la silla de ruedas, Dámaso estalló en carcajadas.
—Parece que tu amigo no quiere que sepa cómo es. ¿Quizás no es el más guapo? —Su tono estaba lleno de burla.
Camila frunció el ceño:
—Querido, te equivocas, Ian está muy guapo.
Dámaso soltó una risita como respuesta, y luego apuntó sus labios irónicamente en dirección a Ian.
—No lo he sentido, ¿cómo voy a saberlo?
Camila se quedó sorprendida.
«¿Significa esto que... Dámaso tiene curiosidad por saber cómo es la cara de Ian? ¿No es un poco raro que un hombre acaricie la cara de otro hombre?».
—Ponte los zapatos.
Hizo una mueca, pensando en lo absurdo que era que se hubiera olvidado de sus zapatos. Rascándose la cabeza, Camila se dio la vuelta y se acercó corriendo, metió los pies en sus zapatillas de lona, se hizo los cordones y se alejó corriendo. También se aseguró de cerrar la puerta tras de sí.
Incluso después de cerrar la puerta, Dámaso e Ian podían escuchar sus pasos alejarse en la distancia del pasillo. Dámaso esbozó una discreta sonrisa, su rostro se movió para encontrarse con la mirada de Ian.
—Señor Pozo, ¿tiene algo que discutir conmigo?
Ian entrecerró los ojos, su mirada era helada mientras miraba fijo a Dámaso.
—¿Estás ciego de verdad?
Cuando Camila se había marchado antes, ni siquiera él se había dado cuenta de que no llevaba zapatos.
«¿Cómo lo sabía este ciego? ¿Y había conseguido recordárselo?».
—Si no recuerdo mal, usted es cirujano ortopédico, Señor Pozo. —dijo Dámaso, mientras sus dedos golpeaban con suavidad el reposabrazos de cuero de su silla de ruedas—. ¿Cuánto sabe de ojos un cirujano ortopédico?

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