Jamás imaginé que dedicaría mi vida a la venganza, que arriesgaría mi propio pellejo para conseguir justicia para mi padre y mi hermana. Pero aquí estaba, corriendo por los pasillos del hotel más lujoso de la ciudad, con un vestido que no me pertenecía y unos tacones que no eran de mi talla.
Hace unos años era una joven común y corriente, escogiendo universidades; hoy, me encontraba huyendo de la segunda familia más peligrosa del país.
Presioné el botón del elevador una y otra vez, pero tardaba demasiado. En estos momentos, cada segundo contaba. Los Moretti me habían descubierto espiando a través de la puerta de su habitación de hotel. Bueno, casi, ya que solo escucharon un ruido, pero fue suficiente para que mandarán a varios de sus hombres a seguirme.
—¡Maldita sea! —Me quejé, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas.
Corrí a las escaleras de emergencia, bajando rápidamente con mis piernas temblorosas. A pocos escalones del décimo piso, mi tacón se rompió y rodé, mi espalda impactando contra la pared. El aire abandonó mis pulmones y el golpe fue seco, directo a mis costillas.
Pero no tenía tiempo de lamentarme, ni de retorcerme. La adrenalina había tomado por completo el control de mi cuerpo. No sentí dolor alguno al ponerme de pie. La necesidad de sobrevivir era más fuerte.
Estaba tan cerca de vengar a mi familia.
No sólo me estaban siguiendo por haberlos espiado, sino por la conversación que escuché. Existía una grabación que demostraba la culpabilidad de esa familia en el caso de mi padre.
Después de tanto sacrificio, de tantas lágrimas, por fin mi padre recibiría justicia. El único problema era que la grabación estaba bajo el poder de Cipriano Grimaldi. Y si alguien daba más miedo que los Moretti, era ese hombre.
Todos en la ciudad, en el país, en el malditø continente conocían ese nombre. Un hombre que llevaba sobre sus hombros el legado de generaciones de Grimaldi, controlando Italia a través de las sombras mientras que los ciudadanos fingían que el verdadero control lo tenía el presidente.
Y ahora me correspondía a mí encontrarlo, enfrentar a ese hombre cuyo nombre lograba que los policías retrocedieran.
—¡Creo que la vi! ¡Es una mujer! —gritaron desde el piso superior. ¡Me encontraron!
No podía seguir bajando las escaleras con el tacón destrozado.
Abrí la puerta del décimo piso, mi pecho subía y bajaba a una velocidad abismal, tratando de que mis pulmones funcionarán correctamente.
Pero en lugar de ser recibida por el pasillo, choqué contra un torso duro y definido. Mi rostro enterrándose en su camisa blanca. Un olor amaderado y masculino inundó mis fosas nasales, embriagándome.
Al subir la mirada, me encontré con unos ojos fuera de este mundo. Brillaban con intensidad, con una mezcla que combinaba el marrón y el dorado. Pero al mismo tiempo, revelaban una profunda oscuridad. ¿Era posible que existieran unos ojos como los suyos?
Su rostro era dolorosamente armonioso y masculino, con una mandíbula marcada y el puente de la nariz definido. Era como el pecado encarnado.
—Perdón —jadeé, recordando que no era momento de perderme en el atractivo de ese hombre.
Las piernas me temblaban y el tobillo comenzó a molestarme, pero no podía detenerme.
Hice el ademán de alejarme, pero una mano grande y caliente se cerró alrededor de mi muñeca. No fue violento, mas si firme.
—No —dijo él, con una voz grave y autoritaria, aunque en ese momento sonaba extrañamente inestable. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al notar su mirada hambrienta sobre mí—. No te vas.
—Suéltame —dije instintivamente, sintiendo una ligera inquietud.
El miedo me carcomía los huesos mientras escuchaba los pasos fuertes de las escaleras.
«Me descubrirían y sería por culpa de este guapo y temible italiano»
—Por favor —supliqué, forcejeando inútilmente. No me soltaba—. Necesito esconderme. Me están persiguiendo.
—Puedo hacerlo, pero con una condición.
—La próxima palabra que digan —habló con los dientes apretados, su mirada oscurecida cayó nuevamente sobre mí—. La pagarán con su lengua… o con la de su jefe.
La amenaza atravesó mi columna vertebral. No iba dirigida a mí, pero pude ver en su mirada que no mentía.
Ignorando aquellos hombres, llevó su nariz a mi cabello, inhalando profundamente.
—Hueles exquisito.
Tomándome desprevenida, pasó sus manos por la parte posterior de mis muslos y me levantó. Sin más, se marchó, conmigo sobre su hombro.
No dije ni una palabra, porque a pesar de que esto fuera una completa locura, me estaba sacando de un gran aprieto.
Una vez nos alejamos, me introdujo en una habitación oscura, arrojándome sobre la cama y montándose encima de mí. El calor emanando de su cuerpo.
Tragué saliva.
—¿Qué… qué crees qué haces?
—Ayúdame —Tomó mi muñeca nuevamente, llevándola a sus pantalones. Agrandé los ojos al darme cuenta de la peligrosa erección—. La loca de la familia Moretti me dio un afrodisíaco, pero tú me ayudarás a resolver este pequeño problema.
Se refería a… ¿Silvia Moretti? La hija del hombre que arruinó a mi familia. Pero… ¿Qué tenía qué ver este hombre con esa familia de desquiciados?
Suspiré, sintiendo su firmeza. Las mejillas me ardieron y el calor se acumuló en mi vientre.
No respondí y eso fue todo lo que necesitó para atacarme. Sus manos deshaciéndose de mi ropa y sus labios recorriendo mi piel. Nunca había tenido intimidad con ningún hombre, y hace tres años, dejé de sentir cualquier emoción que no fuera el odio hacia los Moretti. Creí que algo dentro de mí había muerto. Sin embargo, este hombre me estaba demostrando lo contrario.

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