RUBI MONTENEGRO
Llevaba dos meses viviendo en aquella mansión como un fantasma. Había aprendido el arte de ser invisible, exactamente como Ares exigió. A pesar de recibir una mesada generosa, mis días transcurrían en los rincones donde sabía que él jamás pisaría: la biblioteca de mi ala y el jardín de la parte trasera de la casa.
Al principio, fui tonta. Intenté ser amable. Recuerdo la primera semana, cuando me lo crucé en el pasillo y sonreí, deseándole un "buenos días". Ares ni siquiera dejó de caminar. Solo dijo: "Estás en mi camino. Muévete."
Después de que situaciones como esa se repitieran, entendí el mensaje. Si escuchaba sus pasos en el pasillo, me escondía. Si él estaba en la sala de estar, yo me quedaba en mi habitación.
Mi ropa, antes ajustada, ahora empezaba a quedarme un poco más holgada. No porque estuviera a dieta, sino porque la tristeza tenía un sabor amargo que me quitaba el apetito. La comida, que siempre fue mi refugio y mi abrazo, ahora parecía no tener sabor. Comía solo para sobrevivir.
Hoy, una lluvia torrencial castigaba las ventanas de la mansión. Yo estaba en la cocina, sentada en un taburete alto, observando a Mary preparar un té.
Mary era la única alma viva en esa casa que me miraba a los ojos. Era la empleada más antigua y, tal vez por lástima, empezó a tratarme con amabilidad.
— Niña Rubi, necesita comer más que eso — dijo Mary, empujando una tostada hacia mí. — Está pálida. El señor Ares no va a inspeccionar si desaparece un poco de mantequilla de la despensa.
Sonreí con tristeza. Mary sabía que el problema no era la falta de comida en la casa, sino la falta de ganas de vivir que crecía dentro de mí.
— Gracias, Mary. Pero con el té está bien.
De repente, escuchamos el ruido de la puerta principal, seguido de risas.
¿Risas? ¿En esta mansión?
Fruncí el ceño. Ares nunca se reía. En dos meses, nunca había escuchado nada más que órdenes o silencio de su parte.
— El patrón llegó temprano — comentó Mary, secándose las manos en el delantal. — Y parece que no está solo.
La curiosidad se apoderó de mí. ¿Quién haría reír a Ares Beckett?
Me bajé del taburete silenciosamente.
— No vaya allá, querida... — advirtió Mary, con una mirada de preocupación.


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