Scarlett levantó la vista hacia él y sonrió.
—Está bien. ¿Y qué es lo que quieres decirme con eso?
Vincent le escrutó el rostro, pero no había ni el más mínimo destello de emoción en sus ojos. Lo miraba como si fuera un desconocido. No se parecía en nada a la Scarlett que él había conocido.
Se quedó paralizado unos segundos y luego preguntó con voz ronca:
—¿Me crees?
Scarlett se encogió de hombros. Le respondió con total serenidad.
—Claro. Por supuesto que te creo.
Vincent insistió.
—¿En serio?
Scarlett asintió.
—Sí. En serio.
La verdad era que creerle o no le daba lo mismo. Simplemente no quería alterarlo: temía que se retractara de la idea del divorcio.
Vincent la observó largo rato.
—Bien. Me alegra que me creas.
Scarlett le sonrió.
—Está bien. Voy a lavarme. Tú también deberías prepararte para dormir.
Vincent no se movió. Le tomó la mano y dijo en voz baja:
—Te traje algo. Ve a verlo.
Señaló con la cabeza hacia la mesa de centro que tenía detrás.
Scarlett siguió su mirada y vio una cajita apoyada sobre la mesa. Vaciló, pero se acercó despacio. Se sentó junto a la mesa de centro y abrió la caja. Adentro había un collar de perlas. Parecía costoso.
Entonces Vincent se acercó, le quitó la caja de las manos y sacó el collar.
—Date vuelta —dijo—. Deja que te lo ponga.
Scarlett no discutió. Le dio la espalda y se quedó quieta.
Los dedos de él le rozaron la piel mientras lo abrochaba.
Una vez puesto, Vincent le apoyó los labios en la nuca. Su boca estaba tibia y le quemó la piel, removiendo algo que ella había intentado enterrar.
El cuerpo se le tensó un instante. Después dijo en voz baja, con una ligera tensión en el tono:
—Gracias. Lo acepto.
Fuera cual fuera la razón por la que ahora se mostraba amable con ella, Scarlett pensó que bien podía aceptar todo lo que él le ofreciera. Una vez divorciados, nada de lo suyo tendría ya relación alguna con ella. Le había entregado años de su vida. Merecía algo a cambio.
Al ver que estaba dispuesta a aceptar el regalo, Vincent sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Incluso empezó a preguntarse si todo aquello del divorcio no habría sido una broma. No creía que Scarlett, que lo había amado con tanta intensidad, pudiera renunciar a todo con semejante facilidad.
Justo cuando ese pensamiento le cruzaba la mente, sonaron unos golpes en la puerta.
La voz de Lily llegó desde el pasillo.
—Señor Stewart, hay una visita abajo.

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