Sabrina atendió enseguida, aunque de su lado se oía mucho ruido. Probablemente seguía afuera.
—Vincent, ¿qué pasa?
Su tono era tan dulce como siempre, pero de algún modo Vincent sintió que algo había cambiado. No se anduvo con rodeos.
—El jardín de Vanessa va a hacer un evento de padres e hijos por Navidad. Ella quiere que la acompañes.
Sabrina ya lo había escuchado mencionarlo al mediodía, pero no lo había tomado en serio. No esperaba que volviera a sacar el tema. Sabía que los consejos de Maria estaban dando resultado.
Aun así, pese a que él se lo pedía, Sabrina no aceptó.
—Vincent, lo siento muchísimo. Ese día ya tengo planes con mis compañeras de la universidad. Casi nunca tienen oportunidad de venir a la ciudad, así que yo...
No terminó la frase, pero la negativa quedó clara.
Cuando Vanessa la oyó decir que no, entró en pánico y gritó:
—¡Sabrina!
Al escuchar su voz, Sabrina bajó el tono, aunque no estuviera contenta.
—Sí, mi amor. Aquí estoy.
Vanessa tenía la nariz roja. La voz le tembló.
—Sabrina, ¿cuándo vas a volver?
—Todavía no lo sé.
—Te extraño.
—Yo también te extraño, mi amor.
Vanessa quiso preguntarle si podía ir al evento de Navidad, pero antes de que lograra sacar las palabras, Sabrina la interrumpió con suavidad.
—Vanessa, últimamente estuve muy ocupada, así que no voy a poder ir a la función de Navidad contigo. ¿Por qué no le pides a papá que te acompañe, sí?
Su tono era cálido, pero a Vanessa las lágrimas le caían como perlas rotas. Quiso decir algo más, y entonces Vincent le quitó el teléfono y cortó.
—Papi...
Al verlo colgar, se sintió aún más herida.
Vincent no le dijo nada. Se dio vuelta y miró a Lily, que estaba parada cerca de la puerta de la cocina.
—¿Dónde está Scarlett?
Lily vaciló.
—Salió esta noche.
El rostro de Vincent se ensombreció. Su voz sonó grave.

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