Nolan lo había planeado todo. A medianoche iba a decirle lo que sentía. Iba a contarle que la amaba desde hacía años, que nunca había dejado de hacerlo. Tenía tantas cosas que quería decirle.
Pero ella no estaba ahí. ¿Y a quién se suponía que iba a decírselas?
En las manos sostenía dos globos, con notitas atadas a los hilos: deseos, buenos augurios, intentos torpes de romanticismo. No era un hombre poético. Pero lo estaba intentando. De manera desmañada y sincera, intentaba convertirse en alguien a quien ella pudiera querer. Quería que viera que podía ser bueno con ella.
Pero Scarlett nunca apareció.
Nolan se quedó parado entre la multitud y sintió, de pronto, que no pertenecía a ese lugar. Como un fantasma moviéndose entre los vivos. Sobrante. No deseado.
Una mano le tocó el brazo.
—Hola, guapo. ¿Quieres recibir la Navidad juntos?
Se dio vuelta. La esperanza le cruzó el rostro un instante, y murió enseguida. No era ella. Su expresión se enfrió, y toda la calidez se le escurrió.
—Discúlpame. Estoy esperando a alguien.
La chica se encogió de hombros y se alejó.
El tiempo se agotaba. Nolan sentía el pecho hueco. Ninguna llamada perdida. Ningún mensaje de ella.
«Quizás el tránsito estaba imposible», se dijo. El centro siempre era un caos en las fiestas. «Va a venir. Lo prometió».
Pero cuando empezó la cuenta regresiva, ella seguía sin aparecer. Y cuando terminó, la multitud estalló. Los globos se soltaron hacia el cielo negro. Voces gritando: «¡Feliz Navidad!».
La gente se abrazaba. Se besaba. Alguien proponía matrimonio. Nada de eso era suyo. Su luna no había salido. La noche siguió oscura.
En la villa Langley, la cuenta regresiva llegó a cero. Damian levantó la cabeza. Sus labios rozaron los de Scarlett, leves y breves. Tenía el rostro pálido, pero cuando sonrió, la arrogancia de siempre se ablandó en algo más sereno. No estaba con su típico porte burlón. Estaba, simplemente... tierno.
—Feliz Navidad, mi amor. Este año voy a acercarme más a ti.
Enarcó una ceja en la última palabra.

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