Pero por dentro era un desastre. En ese momento, sentía que había robado algo que no le correspondía tomar. Esto, fuera lo que fuera lo que había entre ellos, no estaba destinado a ella. Debería haber sido de Melinda. Scarlett se quedó callada, y Damian se fue relajando poco a poco. Todavía pegado a ella, le mordisqueó con suavidad la oreja y murmuró:
—Me está dando sueño, nena.
—Entonces duerme —dijo ella con suavidad, sin apartarse.
Él apoyó la barbilla en su cabeza, con la voz amortiguada contra su cabello.
—Mañana, después de tu cirugía, te lo juro: cuando abras los ojos, seré lo primero que veas.
Ella respondió con un murmullo.
—Está bien.
Él hundió la cara en su cabello.
—Hueles tan bien, nena. Ojalá pudiera abrazarte así para siempre.
Al cabo de un rato, su respiración se acompasó. Scarlett siguió acurrucada contra su pecho, inmóvil. Pero, por algún motivo, los ojos se le anegaron de lágrimas, que se desbordaron, una tras otra. No sabía por qué. Solo sentía el pecho oprimido. Desasosegado.
Fuera de la habitación del hospital, Melinda se apoyaba contra la pared, con la mano apretada contra la boca para sofocar los sollozos. Pero las lágrimas seguían aflorando, resbalándole por el rostro, densas e incontenibles. Ya le había oído a Damian decirlo antes, insistir incluso, en que Scarlett le gustaba. Jamás lo había creído. No de veras. Hasta ahora. Hasta verlo con sus propios ojos. Aquella escena. La intimidad. Ahora lo comprendía. No bromeaba. Se había enamorado de Scarlett de verdad.
Pero había sido Melinda quien lo había salvado. Esa cercanía tendría que haber sido suya. La mano libre se le cerró en un puño crispado a un costado. El cuerpo entero le temblaba. El corazón le ardía de envidia. «¿Por qué Scarlett lo recibe todo?». El odio y el rencor se le agitaban por dentro. Sacó el teléfono e hizo unas cuantas fotos a través del cristal. Luego dio media vuelta y se fue. Damian le pertenecía. No pensaba darse por vencida.
*****
Esa noche, en la mansión Stewart.
Era el cumpleaños de Amanda, y bastantes invitados se habían reunido en la casa para celebrar. Para mantener a todos entretenidos, Amanda había organizado una fiesta en el jardín. Estaba animada; había acudido mucha gente importante. Amanda estaba de pie cerca de la entrada, saludando a los invitados a medida que llegaban. Pero sin importar quién llegara, su atención no dejaba de desviarse. Esperaba a Vincent. Por fin, justo antes de que la fiesta estuviera por comenzar, él apareció. Estacionó junto a la entrada y se acercó, con un regalo en la mano. Amanda lo vio aproximarse, con la confusión asomándose a su rostro.
—Vincent, ¿viniste solo esta noche?
Él le entregó el regalo.
—Mamá, Scarlett eligió esto para ti. Espera que te guste.
Amanda vaciló y luego lo tomó, aunque su expresión se agrió.
—¿Esa mujer de veras tuvo el descaro de no presentarse a mi cumpleaños? ¿En serio cree que ahora es la señora de esta casa?

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