Sabrina le acarició el cabello a Vanessa con una sonrisa suave.
—Cualquier cosa que elijas tú seguro que sabe riquísima.
Vanessa soltó una risita y luego alzó la vista al ver a Vincent bajar por la escalera. Se enderezó y lo llamó con dulzura:
—Papá.
—Mm —respondió Vincent mientras se acercaba al sofá y se sentaba, con la mirada fija en la niña—. Tengo que hablar contigo de algo.
El tono serio le borró a Vanessa el ánimo juguetón.
—Está bien.
—Ven conmigo arriba —dijo Vincent, poniéndose de pie.
Vanessa miró hacia Sabrina y, a regañadientes, se levantó y lo siguió escaleras arriba.
La puerta del estudio estaba abierta; entró y encontró a Vincent de espaldas a la entrada. Tras una breve pausa, habló en voz baja:
—¿Papá?
Vincent se dio la vuelta y sonrió, acomodándose detrás del escritorio.
—Siéntate.
Vanessa se subió a trompicones a la silla frente a él; su torpeza le arrancó a Vincent una risita.
Ya instalada, ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Vincent pensó un momento antes de preguntar:
—¿Te molestaría que me casara con Sabrina?
El rostro de Vanessa se iluminó al instante.
—¡Me haría feliz, no me molestaría nada!
Vincent continuó:
—¿Y si algún día Sabrina y yo tenemos nuestro propio bebé?
Vanessa frunció el ceño y lo meditó con cuidado.
—¿Entonces dejarías de quererme?
Vincent respondió enseguida:
—Nunca. Mi amor por ti no va a cambiar.
Ella se relajó y sonrió.
—Entonces está bien. Cuando tu bebé crezca, tendré a alguien más con quien jugar. Me pondría contenta.
Vincent le revolvió el pelo.
—¿Entonces estás de acuerdo con que nos casemos?

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