Parpadeé una vez. Dos veces. Y la escena frente a mí seguía siendo la misma.
La mesa se extendía como un río de roble pulido, tan larga que los candelabros apenas lograban bañar de luz a todos sus ocupantes. O, mejor dicho… a todos los cuerpos.
Estaba sentada en la cabecera, inmóvil. Ese era mi lugar habitual.
El calor de las velas hacía que mi piel ardiera. Mis manos se sentían algo entumecidas; no sabía si aquello impregnado en ellas era mi sangre. La mía… o la de ellos.
Un cuchillo descansaba en mi mano derecha.
El filo estaba manchado de un rojo oscuro que goteaba lento sobre el mantel de lino blanco.
Una gota… otra… y otra… El sonido era insoportablemente fuerte en aquel silencio.
—¿Qué…? —susurré. Pero mi voz se perdió, absorbida por el silencio absoluto.
A cada lado, uno tras otro, yacían los que se suponían serían mi nueva familia: mi suegra, mi suegro, cuñados, cuñadas... todos con la piel pálida y los ojos abiertos en un rictus congelado.
Algunos estaban desplomados hacia sus platos, otros recostados hacia atrás como si la muerte los hubiera tomado por sorpresa.
Las heridas en sus cuellos, las heridas en sus pechos...
Dulce madre, toda esa sangre...
Un olor espeso a vino, grasa y hierro impregnaba el aire.
Traté de recordar. Un instante antes… ¿Qué estaba haciendo?
¿Una cena?
¿Una celebración?
Mi mente era un muro liso, sin grietas por donde escapar.
Fue entonces cuando la puerta doble del salón se abrió de golpe.
Él estaba allí.
El príncipe lobo, el lobo que me tomaría como pareja... ahora rey debido a la muerte de su padre.
*Duele...* Susurró mi loba como si a ella también le costara mantenerse despierta.
La figura alta y ancha llenó el marco, la mirada dorada fija y fulminante. Los colmillos asomaban, y un gruñido grave y gutural retumbó en el salón.
Me incorporé lentamente, y el chirrido de la silla resonó como un grito. El cuchillo se me resbaló de los dedos, chocando contra el suelo con un “clank” metálico que reverberó en la sala.
Sus pupilas se dilataron al ver la escena: los cuerpos, el cuchillo, y yo sola en el extremo de aquella carnicería.
—¿Qué… has… hecho? —Su voz era un hilo, pero cargado con la amenaza de un lobo al borde del ataque.
—Yo… —tragué saliva, mi lengua se sentía entumecida—. No sé qué pasó… yo no…
Pero él no la escuchaba. O no quería. El gruñido creció hasta convertirse en un rugido salvaje que sacudió los muros. Las venas se le marcaban en el cuello, la mandíbula temblaba de ira contenida.
Un paso, luego otro, hasta que estuvo a pocos metros.
Di un paso atrás, temblando.
El rey lobo avanzó con furia.
Intenté retroceder más. Fue el puro instinto de supervivencia el que me hizo reaccionar por fin.
—¡No! —exclamé, girando bruscamente para correr hacia la salida opuesta.
Sus pasos resonaron contra las paredes de piedra del pasillo.
—¡Alto! —gritó una voz.
Guardias aparecieron desde las sombras con lanzas listas.
El nuevo rey lobo me persiguió, gruñendo y enseñando los colmillos.



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