Guardó el mensaje de Bárbara como evidencia y tomó una captura de pantalla de la notificación de la Oficina de Presidencia. En cuanto regresara a casa, le pediría a Vicente que le consiguiera un buen abogado para resolver el asunto.
Una vez hecho eso, Bianca decidió ignorar el ruido a su alrededor y se concentró exclusivamente en los temas importantes de la exposición.
A lo lejos, Romeo la observó de reojo, torciendo el gesto con asco:
—Ya es bastante patético que se colara aquí, pero verla haciendo dibujitos y fingiendo que toma notas después de que su plan para hundir a Melisa fracasara... ¿En serio cree que entiende algo de esto?
Hizo una pausa, genuinamente asqueado.
—¡Cualquiera diría que también está en la industria aeroespacial! Está tan desesperada por llamar tu atención que ya ni siquiera le importa hacer el ridículo.
Damián no la miró ni se molestó en darle la razón a su amigo. Simplemente respondió con voz plana:
—Hablas demasiado.
Pero por el rabillo del ojo, captó la imagen de Bianca concentrada en sus apuntes.
¿'Llamar su atención'?
Si ese era el caso, eso explicaba perfectamente por qué había estado actuando tan raro los últimos días.
Romeo no tuvo tiempo de decir nada más, porque Melisa regresó a su lado.
—¡En cuanto terminaron de subir mi presentación, recibí una oferta directa de Vicente Ávila, de BN Innovación! Me dijo que su mentor, el Profesor Salazar, vio mi exposición y quiere conocerme para convertirme en su última discípula. ¡Cuando termine todo esto, los invito a cenar para celebrar!
Melisa sonaba alegre y ligera, como si el desagradable incidente de hacía unos minutos jamás hubiera existido.
Romeo pensó que tenía razón.
Una mujer como Bianca no merecía ni un segundo de su atención. Solo ella se creía importante.
¡Qué patética!
❀
Al terminar la exposición, Vicente pasó a recoger a Bianca.
Verla con su libreta llena de apuntes lo llenó de un orgullo genuino.
—Por fin estás volviendo a ser tú —pensó.
Estaba a punto de felicitarla cuando notó a un grupo de personas saliendo del recinto, rodeadas por una multitud.
No reconoció a los demás, pero distinguió perfectamente a Damián liderando el grupo.
Las palabras de aliento murieron en sus labios.
Con razón. Después de dejarlo plantado tantas veces, le había parecido muy extraño que de pronto cumpliera su promesa y asistiera. Ahora lo entendía: había venido persiguiendo a Damián.
—Vicente, ¿qué pasa?
Bianca, que estaba de espaldas, se giró para mirar, pero solo vio un mar de cabezas moviéndose hacia la salida.
Con el rostro endurecido, Vicente le ordenó secamente:

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