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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 216

Bianca había modificado el acuerdo de separación.

Incluía cláusulas estrictas prohibiendo amenazas, coacción o represalias de cualquier tipo.

Además de conservar las propiedades que Damián le había cedido anteriormente, exigía un par de bienes inmuebles adicionales y que él no interviniera en sus asuntos laborales. Aparte de cumplir con las formalidades del matrimonio de cara a la familia, ella tendría control absoluto sobre su vida personal y tomaría sus propias decisiones.

Damián leyó la primera página por encima sin decir una palabra y le pidió un bolígrafo.

El corazón de Bianca dio un vuelco espectacular, pero le entregó el bolígrafo con una calma fingida.

Observó cómo Damián firmaba la primera página y estampaba su huella dactilar.

Cuando hizo el ademán de pasar a la siguiente hoja, Bianca se acercó en silencio y señaló una sección en específico.

—Aquí te comprometes a no interferir en mi vida privada, ni en mi trabajo, ni en mis relaciones sociales, y a no desquitarte conmigo por capricho. También estipula que cualquier transferencia de bienes o acciones será un regalo voluntario. Durante nuestro matrimonio, todos mis gastos correrán por mi cuenta.

—Todo esto es para evitar disputas financieras en caso de divorcio.

A Damián no le importaba el dinero, pero no firmó de inmediato.

—Solo tengo las mismas exigencias que antes: seguirás actuando como hasta ahora. ¿Podrás cumplirlo?

Bianca sabía perfectamente a qué se refería.

Debía interpretar a la esposa enamorada frente a los Figueroa, llamarlo mi amor y fingir una relación íntima.

Aunque, considerando la existencia de Melisa, dudaba que alguna vez le exigiera cumplir con sus deberes conyugales.

Comparado con proteger a Lucía, todo eso no era nada.

Ella asintió.

—Sí, estoy dispuesta.

Esta vez, Damián ni siquiera leyó el texto. Siguiendo las indicaciones del dedo de Bianca, firmó y puso su huella en cada página.

Cuando su pulgar presionó la hoja correspondiente a la renuncia de la pequeña Lucía, ¡Bianca sintió que se le salía el corazón por la boca!

Damián notó su tensión.

—¿Qué te pasa?

Ella recogió rápidamente los papeles.

—Solo me sorprende que hayas firmado sin siquiera leer.

Él dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Supongo que la señora Figueroa no tendría el descaro de engañarme para que firme algo que no debería.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Damián alzó una ceja y volvió a tomar el acuerdo de sus manos.

Ese simple gesto casi la mata del susto.

Comenzó a hojear las páginas restantes con detenimiento.

Las primeras hojas no eran más que una pantalla; las dos últimas, el acuerdo de renuncia de patria potestad y el documento de desvinculación, eran la trampa real.

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