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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 529

Bianca caminó hacia la puerta, girándose por pura cortesía para despedirse de todos con una leve inclinación de cabeza.

Xavier le correspondió con un asentimiento sutil.

Finalmente, cuando su mirada se cruzó con la de Damián, él rompió el silencio con una voz tan casual como clara:

—Descansa.

Bianca apretó los labios y lo miró fijamente, pero él ya había desviado la vista.

Por un segundo, a Bianca le costó distinguir si aquel "descansa" había sido dirigido a ella o a Melisa.

De inmediato, se escuchó la risa de Tiago:

—Vaya, el señor Figueroa sí que cuida bien de Melisa. Apenas dio un bostezo y ya la manda a descansar. Parecía que ella llevaba los pantalones, pero veo que es usted quien la tiene bien cuidada, ¿eh?

Una carcajada general hizo que el ambiente en la sala reviviera.

Al cerrarse la puerta, todo el bullicio se cortó de tajo, como si alguien hubiera presionado el botón de pausa.

Bianca y Clara subieron al elevador. Cuando estaban a punto de llegar a su destino, Clara murmuró con voz apagada:

—Bianquita, perdóname. Te juro que no volveré a ser tan impulsiva. Lo prometo...

Al ver los ojos llorosos de su amiga, Bianca esbozó una pequeña sonrisa.

—La verdad es que, al principio, quería que todo el mundo supiera que yo era la esposa de Damián. Pero ahora ya no me interesa. De hecho, prefiero que nadie se entere nunca.

Solo así la pequeña Lucía estaría a salvo.

Y solo así su propio camino no se vería manchado por la sombra de Damián.

Las puertas del elevador se abrieron. Clara iba a añadir algo, pero de pronto se quedó paralizada y soltó:

—¿Señor Aguirre?

Bianca se giró y vio a Tiago parado frente a ellas.

Los tatuajes que asomaban por su piel le daban un aire intimidante, casi letal, bajo la pálida luz del pasillo. Era el tipo de aura que solo tienen aquellos con las manos manchadas de sangre, algo que, según le había contado Clara, era bastante común en el despiadado mundo criminal del que provenía Tiago en Sudamérica.

Al ver a Bianca, Tiago sonrió:

—Señorita Núñez, hoy fui yo quien la invitó... y no me gusta irme con las manos vacías. Ya que está aquí, sentémonos a hablar de negocios. Usted y yo sabemos cómo funciona este mundo, y asumo que tampoco quiere volver a casa con las manos vacías. Casualmente, traje algo preparado. Tómelo como mi disculpa por haberla hecho esperar.

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