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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 583

Santiago Aguirre se dio cuenta de que no había forma de doblegar a Bianca. Ya que Damián Figueroa había acudido en persona hoy, era imposible que se fuera con las manos vacías.

Damián miró a Bianca de reojo y habló con lentitud.

—Si realmente nos ponemos a exigir responsabilidades, el daño moral es algo muy difícil de cuantificar. Para una persona común, le avientas unos miles de billetes y se calla la boca. Los más cínicos hasta desearían que les dieras otra bofetada para sacar más dinero.

—Pero los agravios sufridos por un miembro de la familia Figueroa no se digieren lanzando un poco de dinero o cediendo algún proyecto. Hablando sin rodeos desde mi posición, señor Aguirre, usted tiene que lograr que la mujer que está a mi lado sienta que, aunque Tiago la golpeó, el precio que ustedes pagaron hizo que valiera la pena. Tiene que lograr que, si alguna noche se desvela y recuerda por casualidad el abuso de su hijo, sienta una profunda satisfacción y un absoluto alivio en su corazón.

Flavia no dejaba de llorar, temblando de pies a cabeza.

De repente, todo el cuerpo de Santiago pareció convertirse en una masa inerte. Se desplomó en la silla, marchito, y finalmente dejó escapar un largo suspiro.

—Quiero que mi hijo esté a salvo. ¿Puede garantizarlo?

La expresión de Damián era gélida.

—Eso tendrá que preguntárselo a usted mismo.

—De acuerdo. —Santiago asintió y miró a Bianca—. Deme una pluma y el tampón de tinta.

Fue entonces cuando Esteban entró en la sala.

Pero le entregó la pluma y la tinta a Bianca, para que ella se los pasara a Santiago.

Bianca los tomó. Miró los objetos en sus manos y al girar la cabeza se dio cuenta de que Damián la estaba observando.

Él asintió levemente, indicándole que se los entregara.

Por la mente de Bianca pasaron innumerables recuerdos de mesas de negociaciones. Antes, ella era quien veía cómo los socios de Damián le entregaban la pluma a los perdedores. Ahora, ella misma era quien tenía el poder.

—¿Sabe siquiera qué hay dentro de estos contratos? —le preguntó de repente Santiago justo antes de firmar.

Bianca no lo sabía. Ni siquiera los había leído.

Pero antes de que pudiera abrir la boca, escuchó a Esteban responder.

—Nuestra señora no necesita saberlo.

Esteban pronunció las palabras nuestra señora con muchísimo énfasis, de forma sumamente deliberada. Era evidente que no se le había escapado por error.

¡Bianca giró la cabeza para mirar a Esteban de golpe!

Santiago se quedó paralizado. Flavia, aunque tenía los ojos enrojecidos, también clavó la mirada en Bianca.

¿Señora?

¿Esteban había dicho nuestra señora?

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