¿Y cómo iba a trabajar en la empresa de su socio?
Legalmente, no podía tener dos contratos a tiempo completo.
Bianca se mordió el labio con tanta fuerza que casi sintió el sabor de la sangre. Su cuerpo temblaba ligeramente por el dolor latente del legrado, pero se obligó a agacharse y recoger los papeles del suelo.
—Señor Figueroa, quiero renunciar. Por favor, firme esto.
Manteniendo la mirada baja, insistió y dejó la carta sobre el imponente escritorio.
Hoy tenía que renunciar, hoy tenía que irse, costara lo que costara.
El hombre la evaluó en silencio por unos segundos antes de apartar la mirada.
—¿En serio crees que con berrinches y dramas vas a lograr que te mire de otra forma?
Bianca lo miró, incrédula.
Todo este tiempo tragando su orgullo, todo su esfuerzo... ¿y él seguía pensando que todo lo que ella hacía era una táctica desesperada para llamar su atención?
Sintió asco de sí misma y de lo patética que había sido.
—Yo...
—El Grupo Figueroa no gira a tu alrededor, y tú no eres indispensable. A la próxima rabieta, te largas tú sola con tus cosas. Vete.
No le tuvo ni un poco de piedad.
El corazón de Bianca se contrajo con tanta violencia que sintió que las lágrimas estaban a punto de desbordarse. Justo en ese momento, el teléfono privado del escritorio sonó.
Y él contestó en el primer tono, sin dudarlo.
—Mi amor, dejaste tu cinturón en mi casa ayer por la noche. Voy para allá a llevártelo.
Ese "Mi amor" dejó a Bianca clavada en el suelo.
Era la voz de Melisa.
¿Melisa lo llamaba "Mi amor"?
Esa frase tan íntima y cotidiana... ella solo se atrevía a decirla en su mente, nunca en voz alta.
Bianca levantó la vista y vio a Damián de espaldas a ella.
Pero alcanzó a notar cómo la comisura de sus labios se elevaba ligeramente. No solo no le molestaba que lo llamara así, sino que lo disfrutaba.
Cuando colgó, el hombre se dio la vuelta. Al encontrarse con los ojos llorosos de Bianca, su expresión se volvió oscura y letal.

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