El hombre que la había salvado la noche anterior en el club privado.
¡Era miembro de la familia Cárdenas!
Selena avanzó apresuradamente.
Los guardaespaldas le cerraron el paso.
Angustiada, gritó: —¡Señor Cárdenas, por favor, espere!
Al escucharla, el hombre volteó la cabeza.
Sus pupilas frías y afiladas como cuchillas cayeron silenciosamente sobre ella.
Él levantó ligeramente la mano.
Los guardaespaldas se hicieron a un lado.
Los ojos de Selena se llenaron de gratitud mientras corría hacia él.
Cuando la sombra del hombre se proyectó sobre ella, Selena se dio cuenta de que él era incluso más alto que Vidal.
Selena intentó calmar su respiración y dijo: —Señor, quiero agradecerle por haberme llevado al hospital anoche.
El hombre la observó sin el más mínimo interés. —No es necesario.
Selena apretó los puños.
Esa era su última oportunidad.
Se humedeció los labios y preguntó con cautela: —Señor, ese collar que acaba de comprar... ¿estaría dispuesto a vendérmelo?
Sus nudillos palidecieron al formular la pregunta.
Temía parecer insolente, y aún más, temía que él se negara.
De forma inesperada.
El hombre sacó de su bolsillo una elegante caja de terciopelo y la depositó directamente sobre la palma de Selena.
Selena se quedó de una pieza.
Lo que tanto deseaba estaba finalmente en sus manos, pero no se atrevía a quedárselo.
El hombre miró de reojo a su asistente.
Saúl Toro sacó rápidamente una tarjeta de presentación. —Señorita Serrano, aquí tiene la tarjeta del señor.
Selena la tomó.
Era una tarjeta pesada, negra como el carbón, con elegantes letras doradas que brillaban bajo la luz como una obra de arte.
En el centro, en letras mayúsculas, destacaba el nombre: Emilio Cárdenas.
Selena prometió de inmediato: —¡Señor Cárdenas, me pondré en contacto con usted muy pronto para pagarle!
Emilio bajó la vista, observando el ligero temblor en sus pestañas, similares a las alas de una mariposa.
Con su voz grave, pronunció: —Selena Serrano.

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