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Tu Tío en mi Cama: El Inicio de mi Venganza romance Capítulo 223

César, viendo el rostro pálido de Wendy, le acarició la frente sudorosa y dijo con angustia:

—Llamaré al médico ahora mismo.

—No creo que sea necesario… —Wendy se aferró a la manga de su camisa, negando con la cabeza, mientras su conciencia se desvanecía.

—Quédate quieta —dijo César, levantándose y saliendo a toda prisa.

El bebé ya tenía seis meses. No podía permitirse ningún imprevisto.

—Esposo… quizás con un poco de descanso me sienta mejor.

Intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban demasiado.

La imagen de Eva apareció de repente en su mente. La mujer, con un vestido blanco, de pie junto al ventanal del estudio de César, se giraba con una sonrisa en los ojos.

«Ay, no pienses», se dijo Wendy, apretando los dientes para disipar la imagen.

La cabeza le dolía intensamente.

Solo podía cerrar los ojos y dejar la mente en blanco.

No supo cuánto tiempo pasó.

Wendy se despertó con el familiar olor a desinfectante.

Abrió los ojos lentamente y vio la bolsa del suero balanceándose sobre su cabeza.

César estaba sentado junto a la cama, sus ojos inyectados en sangre.

—¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele la cabeza?

Le acarició suavemente la frente, su rostro lleno de preocupación y angustia.

—Estoy bien, ya no me duele tanto.

—El médico dice que, como estás embarazada, hay muchos medicamentos que no puedes tomar… —dijo César, sus ojos mostrando un brillo de inquietud.

Sabía perfectamente que el dolor de cabeza de Wendy era una secuela de la hipnosis forzada, que había dañado sus nervios cerebrales.

Y esa secuela, probablemente, la acompañaría toda la vida.

Aunque se sentía culpable, no tenía otra opción. Tenía que borrarle algunos recuerdos.

—¿Quieres un poco de agua?

—Sí.

—Con cuidado. —César le acercó un vaso y, con delicadeza, le dio de beber.

—Tienes que descansar mucho. Si duermes lo suficiente, la cabeza no te dolerá tanto.

—Sí, lo sé.

—Duerme ya, mañana tenemos que ir al hospital.

—De acuerdo.

Poco después, entró el médico, le quitó la aguja del goteo de la muñeca y le dio algunas instrucciones detalladas.

Wendy se sentía abatida. Su mente, aunque confusa, estaba en blanco.

«Mi memoria está cada vez peor, ¿será por la anestesia? Siento que he olvidado algo…».

—Tonta, no pienses tonterías, duerme bien.

César, después de ducharse y ponerse el pijama, se acostó a su lado con ternura. La rodeó con un brazo y, con la otra mano, le acarició suavemente el vientre.

Apenas apoyó la mano, el feto, como si lo sintiera, empezó a moverse. Se podía sentir claramente cómo sus piececitos pateaban a través de la piel.

—¡Ja, ja! ¡Qué maravilla!

A Wendy le dolió la patada.

—¿De qué te ríes?

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