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Una Noche con el Ceo Despiadado romance Capítulo 2

Mientras tanto, en la elegante habitación principal de la mansión Gibson, Marcia no había dormido ni un segundo.

Sentada en su cama, vestida con un pijama de satén que contrastaba con el rojo hinchazón de sus ojos, temblaba por dentro.

Su celular, apoyado en la mesita de noche, vibró con insistencia. Al ver el nombre en pantalla, un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Ya está hecho, Henry? —respondió con voz áspera, bajando el tono casi a un susurro.

La voz que contestó era gruesa, cargada de una respiración pesada y un dejo de burla.

—Marcia, muñeca… tu querida hermana nunca llegó.

—¿Qué estás diciendo? —espetó ella, incorporándose de golpe.

—Tu hermana —dijo Henry, con un dejo de fastidio—. Entró por error en la habitación de ese ricachón, Marcus Maxwell. Mi gente no sabía que había más huéspedes VIP esa noche. Lo nuestro… se arruinó.

El rostro de Marcia se tensó. La sangre se le heló.

—¿Estás diciendo que Rubí estuvo con Marcus Maxwell anoche? ¿Que entró en su habitación?

—Exacto —gruñó Henry—. Tu hermana pasó la noche con él.

Marcia se quedó inmóvil. Por un instante, la habitación giró a su alrededor. No podía ser. No así.

—¡Era tu trabajo! ¡Ella debió pasar la noche contigo! ¡Ella no debía acabar con él! ¡Incluso soborné a su jefe para que le diera ese sándwich con la droga! —espetó, conteniendo el grito.

Henry soltó una carcajada desagradable.

—Ah, vamos… No te pongas moralista, preciosa. No fue tan distinto a lo que hacías cuando vivías en aquel departamento mugroso de la calle 11. ¿Te acuerdas? Te acostabas conmigo por unos billetes y comida caliente. Qué tiempos, ¿eh?

Marcia apretó los dientes. Sentía el asco treparle por la garganta. Henry era un hombre de 50 años, calvo y gordo con el que tuvo que estar si no quería morir de hambre.

—Cállate, Henry. Tú y yo no tenemos nada que recordar.

—Oh, claro que sí, muñeca —replicó él, con sorna—. Tú me llamaste. Tú aceptaste volver a “hacer tratos” cuando viste que necesitabas un favor sucio y barato. No te hagas la santa ahora. Pensaste que podías usarme, y luego desaparecer, como si nada. Pero adivina qué: si Marcus empieza a investigar, y descubre que todo fue una trampa, ¿a quién crees que culpará? A ti. Y si se entera de que fue tu propia hermana la que terminó en su cama... bueno, cariño, no creo que te lo perdone.

Marcia caminó de un lado a otro como una fiera enjaulada. El teléfono temblaba en su mano.

—¿Cuánto quieres? —gruñó entre dientes.

—Ciento cincuenta mil. En efectivo. Para desaparecer y no volver a aparecer en tu dulce vida de princesa rica.

—Estás loco si crees que puedo conseguir eso antes del amanecer.

—Entonces hazlo cuando puedas —contestó él con frialdad—. Pero si no recibo el dinero… contaré todo. Y créeme, Marcia, nadie querrá saber cuántas veces viniste arrastrándote a mi cama por monedas.

Ella cerró los ojos con fuerza. Su estómago se revolvía de rabia y vergüenza.

—Está bien. Te lo enviaré. Pero si me presionas, nos hundiremos los dos.

—Hecho. Espero saber de ti, pronto.

La llamada se cortó. Marcia lanzó el teléfono contra la cama, jadeando de furia contenida.

¿Cómo había llegado a esto? Todo había comenzado como un plan brillante: Henry se encargaría de Rubí. Una jugada perfecta. Una venganza sutil, disfrazada de accidente. La reputación de Rubí quedaría dañada y así ya no podría casarse con Erick.

Y ahora… ahora Rubí se había acostado con uno de los hombres más poderosos del país. Como si el destino se burlara de ella, devolviéndole cada golpe con crueldad.

No. No podía permitirlo.

No iba a dejar que Rubí se elevara gracias a un error.

No después de todo lo que había sacrificado.

Capítulo 2 1

Capítulo 2 2

Capítulo 2 3

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