Después de un día agotador enfrentándose en astucia con Leopoldo, usando hasta la última gota de su ingenio, ella arrastró su cuerpo cansado de vuelta a casa. Apenas abrió la puerta, cinco bultitos de energía se lanzaron sobre ella.
"¡Mamá!".
"¡Mamá!".
"¡Mamá!".
"¡Mamá!".
"¡Mamá!".
"¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!".
Los cinco niños la llamaban alborotadamente, y Sheila sintió que todo el cansancio del día se esfumaba con sus voces; se sentó, rodeada por sus pequeños, sintiéndose enormemente plena. ¡Ellos eran su gran apoyo! Aun así, debía tomar aire y armarse de valor.
‘¡Ánimo! Tal vez Leopoldo no la haya reconocido. Mientras él no sepa quién es ella, el mundo sigue siendo hermoso y el mañana siempre llegará’.
"¿Qué hicieron hoy? ¿Le causaron problemas a Rosalba?".
Los niños contestaron al unísono: "¡No!".
"Estela se mojó los pantalones".


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