Cuando las manos de Rosalinda empezaron a tironear de los botones de su camisa, Osiris finalmente le sujetó las muñecas con un gruñido.
—Rosalinda, no juegues con fuego.
Había permitido que los besos le llovieran por la cara y el cuello. Eran la prueba que le presentaría al abuelo Rafael al día siguiente para exigirle que ella se hiciera responsable.
Sin embargo, no podía permitir que fuera demasiado lejos. Si lo desvestía, su autocontrol se haría añicos. Después de todo, seguía siendo un hombre.
Rosalinda quiso continuar con sus intentos, pero Osiris la inmovilizó contra su pecho. Tras unos débiles forcejeos, ella se desplomó sobre él y se rindió al sueño.
Pronto, el coche llegó a la Mansión de las Palmas.
Enzo se estacionó y dijo:
—Señor, todas las luces están apagadas. La familia ya debe de estar dormida.
Osiris sabía que los padres de Rosalinda, conscientes de su salud, se acostaban a las diez en punto. Aunque el banquete del señor Maristán aún no había terminado oficialmente cuando se fueron, la mayoría de los invitados ya se habían marchado, así que se podía decir que era bastante tarde.
—Llamaré a Damián Rafael.
Osiris no le pidió a Enzo que tocara el claxon. Interrumpiría el descanso de los padres de Rosalinda. Liberando una mano, marcó el número del hermano de ella.
La llamada se conectó al instante.
—¿Osiris? Es tarde. ¿Pasa algo?
A diferencia de su hermana, que conocía el número de Osiris a pesar de no tenerlo guardado, Damián sí lo tenía registrado.
Cuando vio que Osiris le llamaba, le preocupó que Rosalinda se hubiera metido en una pelea monumental con él en casa del señor Maristán.
En serio, ¿tenían que pelear cada vez que se encontraban?

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