De vuelta en casa de los Rafael, con el estómago lleno y la mente despejada, Rosalinda se recostó en el sofá, repasando las acciones de Osiris de aquella mañana. Algo no cuadraba.
Sus padres ya se habían ido a su paseo de después de comer, un ritual de salud diario para ellos. Después de sentarse unos diez minutos tras cada comida, paseaban de la mano por los terrenos de la mansión durante al menos media hora antes de volver.
Su abuelo, a pesar de su avanzada edad, todavía llevaba las riendas de la empresa, trabajando incansablemente por el futuro de la familia mientras que su hijo se había jubilado hacía mucho tiempo. Afortunadamente, la generación más joven era lo suficientemente capaz como para compartir la carga.
Así, los fines de semana, el anciano descansaba en casa o se reunía con amigos para jugar al ajedrez o a las cartas. Sin estas distracciones, recurría a su pasatiempo favorito: darles la lata a sus nietos para que se casaran, uno tras otro, en un ciclo interminable.
Cada uno de sus nietos rezaba para que invitara a sus amigos a partidas de ajedrez, ya que las batallas en el tablero los librarían de su incesante parloteo para que sentaran cabeza.
En ese momento, el abuelo Rafael estaba sentado en su sillón, descansando con los ojos cerrados. Quizás porque sintió la intensa mirada de Rosalinda, entreabrió un ojo.
—¿Hay algo de lo que quieras hablarme?
Como la había criado, podía leer cada una de sus miradas y gestos como si fuera un libro abierto.
—Abuelo, ¿no te parece que Osiris actuó de forma extraña hoy?
El abuelo Rafael rio entre dientes.
—¿Extraña cómo? Aunque así fuera, ya has firmado ese acuerdo de compensación. Ahora estás obligada por sus términos.
»Rosalinda, ¿por qué lo llamaste «marido» en público y le diste una bofetada ese día?
»¿Te das cuenta de que con esas acciones te pusiste tú misma en desventaja en tu rivalidad con él?
Rosalinda estaba malhumorada.
—¿Cómo iba a saber yo que sería tan descarado y causaría tantos problemas?
»Llevábamos meses negociando ese proyecto. Los contratos estaban incluso a punto de firmarse. Entonces llegó él y me lo arrebató en el último segundo. ¡Estaba furiosa! Cuando lo vi con una mujer desconocida, saqué conclusiones precipitadas y aproveché la oportunidad para abofetearlo.
»Abuelo, le di la bofetada con todas mis fuerzas. Fue tan satisfactorio.


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