Rosalinda entendió la necesidad de Osiris de proteger a los niños, así que aceptó.
Ambos se coordinaron para asegurarse de que sus comunicados fueran casi idénticos. De lo contrario, la gente podría sospechar que mentían.
Después de todo, su encuentro había sido una auténtica coincidencia.
Justo antes de que Rosalinda colgara, Osiris preguntó:
—Entonces, sobre mi cita a ciegas del mediodía, ¿todavía la vas a organizar? ¿Y los diez conjuntos de ropa que me debes están listos?
»¿Me los darás en el almuerzo cuando me presentes a mi cita, o en otro momento?
Rosalinda hizo una breve pausa antes de responder:
—Sigue en pie. La cita a ciegas es en La Gran Luminosa. Es una de las propiedades de mi familia, así que la seguridad y la privacidad están garantizadas. Si como hija mayor exijo discreción, no se atreverán a filtrar ni una palabra.
Osiris suspiró aliviado en silencio.
Su mayor temor había sido que Rosalinda cancelara todo por culpa del tabloide.
Por suerte, no lo había hecho.
«Menos mal que le había hecho firmar ese acuerdo. Tenerlo por escrito significaba que no podía echarse para atrás».
Si lo intentaba, iría a quejarse de nuevo con el viejo señor Rafael.
—Bien. Gracias de antemano, por estar dispuesta a organizarme estas citas a ciegas.
Rosalinda refunfuñó para sus adentros. Si él no la hubiera obligado a responsabilizarse, culpándola de arruinar su reputación y exigiéndole una compensación, ¿estaría ahora haciendo de casamentera?
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Unidos por la abuela