CAPÍTULO 105. Otro buen estratega
El silencio dentro del taxi se volvió absoluto mientras Angela seguía discutiendo con aquel hombre. Estaba furiosa porque el embarazo de Katerina era un inconveniente mayor. En su retorcido pensamiento, todavía era una posibilidad deshacerse de los hombres que hasta ese momento habían sido su familia y quedarse con todo. Quizás tantos años de que Jasmine le dijera que todo le pertenecía había alimentado ese delirio. Pero delirio o no, Angela tenía muy claro que un hijo de Jordan la sacaba de la ecuación.
—No me importa lo que pienses. Primero tengo que resolver esto —escupió con rabia—. ¡No, no te necesito! Una mujer puede perder un embarazo de mil maneras sin que tenga que ver conmigo, ya me encargaré de sobornar a alguien para darle algunas pastillas, o haré cualquier otra cosa que la haga abortar.
Por un segundo el rostro del taxista se ensombreció, pero solo miró por el espejo retrovisor una vez mientras vislumbraba la esquina de la estación a dos calles.
—¿De verdad dudas de que sea capaz? —rio Angela con sarcasmo—. ¿Se te olvidó lo que le hice a Jordan y al viejo? Me dieron fianza porque le eché la culpa a mi madre y porque solo me acusaron de complicidad, pero la realidad es que cada dosis fue una instrucción mía, lo mismo que terminar lo que empezamos con Emerson… pero la policía no tiene forma de probarlo. Ahora búscame un maldito lugar donde esconderme, págalo con tu nombre y nos vemos cuando termine aquí.
Terminó la llamada con un gesto de molestia y guardó el teléfono en el bolso. Ya había tomado una decisión, así que se inclinó hacia el asiento delantero y golpeó el cristal separador del taxi.
—Da la vuelta.
El conductor no respondió, solo aceleró hacia el estacionamiento abierto de la terminal de trenes; y Angela frunció el ceño.
—¿No me escuchaste? ¡Te dije que des la vuelta, ya no voy a viajar! —gruñó, pero nadie le contestó, y una alerta fría empezó a recorrerle la nuca, hasta que golpeó violentamente el respaldo del asiento—. ¡Oye! ¡Da la vuelta! ¡Ahora! —gritó, y solo entonces el conductor habló.
—No.
Angela quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Que no vas a regresar.
La voz ya no intentaba ocultarse y Angela sintió un escalofrío.
—No vas a salir del país, ni vas a esconderte en ningún lugar, y menos vas a provocarle un aborto a una mujer inocente.
Ella palideció y miró hacia el espejo retrovisor. El hombre levantó una mano, se quitó la gorra… y Angela dejó de respirar.
—No...
Jordan levantó los ojos hacia el espejo y la observó directamente.
—¿Sabes que por ley los taxis deben llevar cámaras, y que las autoridades pueden acceder a esas grabaciones sin necesidad de una orden, solo con que el dueño lo autorice?
Ella golpeó el cristal con la palma y su rostro se enrojeció en un segundo.
—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —gritó y Jordan redujo la velocidad.
—Escuchando. Documentando. Supongo que después de semejante declaración, será un poco difícil que la policía crea que eres solo una pobre hija influenciada por una madre ambiciosa —espetó él con sarcasmo.
—¡Detén el auto! —exigió Angela, y él giró bruscamente hacia el estacionamiento de la terminal de trenes.
—Eso pensaba hacer.
El taxi comenzó a frenar y Angela miró desesperadamente alrededor, pero apenas se detuvo y se lanzó hacia la puerta, se dio cuenta de que las puertas estaban cerradas.


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