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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 104

CAPÍTULO 104. Me debe una vida

—¡Maldit@ vieja! —escupió Angela mientras salía de la habitación, apenas un segundo después de que Jasmine presionara el botón de emergencia.

Las alarmas comenzaron a resonar en toda el ala y varias luces se encendieron sobre la puerta mientras ella corría por el pasillo sin mirar atrás. Escuchó voces a su espalda casi inmediatamente.

—¡Seguridad! ¡Deténgase!

Aceleró el paso y dobló en el primer corredor que encontró. Llegó a las escaleras y bajó prácticamente saltando los escalones. Detrás de ella comenzaron a escucharse varias pisadas.

—¡Deténgase!

Angela empujó la puerta de emergencia de la planta baja y salió al exterior. El aire frío la golpeó en el rostro y un momento de miedo y rabia creció en ella mientras corría hacia el estacionamiento, buscando desesperadamente el vehículo en el que había llegado, pero se detuvo en seco cuando lo encontró.

Dos patrullas estaban estacionadas a pocos metros, varios policías rodeaban el automóvil y uno de ellos revisaba el interior con una linterna.

—Mierd@...

Retrocedió inmediatamente y uno de los agentes levantó la cabeza.

—¡Eh!

Angela giró y echó a correr. En ese instante comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y corrió hacia la avenida mientras la lluvia se hacía cada vez más intensa. Miró hacia atrás, a los policías que corrían tras ella, y vio los cielos abiertos cuando notó un taxi detenido junto a la acera.

Corrió hacia él, abrió la puerta trasera y se metió apresuradamente.

—¡Estación de tren! —ordenó mientras cerraba de golpe—. ¡Ahora mismo!

El conductor llevaba una gorra oscura encajada hasta las orejas que le ocultaba buena parte del rostro.

—¡Vamos, es urgente! Te pagaré el doble si te apuras.

El hombre no respondió, simplemente puso el vehículo en marcha, acelerando a fondo y Angela se hundió contra el asiento. Miró inmediatamente por la ventanilla trasera, pero ninguna patrulla parecía seguirlos.

El taxi tomó una avenida y continuó hacia el centro de la ciudad, pero ella seguía mirando hacia atrás cada pocos segundos. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales y convertía las luces de la ciudad en manchas borrosas.

—¿Mala noche? —preguntó el conductor con una voz grave que se distorsionaba por el cristal separador.

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