30 DÍAS… CAPÍTULO 3. Tú que apartas a los hombres del mal...
Allison despertó con un dolor de cabeza espantoso y la desagradable sensación de que alguien había cambiado su cama por una piedra. Tardó unos segundos en comprender que no estaba acostada, estaba sentada y esposada.
Parpadeó varias veces hasta conseguir enfocar el enorme espacio que la rodeaba. Madera, piedra, techos altos, muebles modernos y unos ventanales inmensos que ocupaban casi todas las paredes. Más allá de los cristales solo se veían árboles. ¡Muchísimos árboles!
“Así que una cabaña en medio del bosque. ¡Qué original!” pensó, como también pensó que definitivamente no en una cabaña pobre.
Todo estaba impecablemente limpio, la cocina era enorme, los muebles parecían hechos a medida y solo las lámparas del techo debían costar una pequeña fortuna. Allison tiró discretamente de las esposas y comprobó que la sujetaban a la silla.
—Qué bueno que despertaste.
Aquella voz grave la hizo girar la cabeza, y en su campo de visión entró un hombre que se limpiaba las manos con un trapo. Allison lo reconoció inmediatamente: Ángel Reyes, el chofer de Oliver.
No llevaba máscara ni hacía ningún esfuerzo por ocultar su rostro. Era todavía más grande de cerca, con hombros anchos, brazos fuertes y tatuajes que desaparecían bajo las mangas de la camiseta.
Allison lo recorrió con la mirada, lentamente, muy lentamente. La mitad de ella sentía rabia, pero la otra… la otra seguía decidiendo cómo vengarse.
Ángel dejó de limpiarse las manos y frunció el ceño.
—¿No vas a decir nada? —la increpó.
—Todavía estoy evaluando mi situación —susurró Allison, con la voz pesada aun por el sedante.
—¿Y cuál crees que es tu situación?
Ella volvió a mirarlo de arriba abajo.
—Creo que estás a punto de hacerme un striptease.
—¿Qué…? —Angel se quedó descolocado con aquella respuesta, porque no sabía que tenía continuación.
—Pero primero dame un ibuprofeno, conejito, que me duele la cabeza. Y después me quitas las esposas para que pueda manosearte apropiadamente —sonrió ella con descaro y Ángel abrió la boca y la cerró son decir nada mientras Allison se soplaba un mechón de cabello que había caído sobre su frente—. Dime una cosa: ¿Bailas bien o todo eso es músculo de esteroide?
—¿Qué demonios?... ¡Mujer, estás secuestrada! —espetó, pero solo la vio encogerse de hombros con un suspiro fastidiado.
—Lo sé. —Y la respuesta fue tan tranquila que Ángel parpadeó.
—¿Cómo que lo sabes…?
Allison movió ligeramente la cabeza hacia los ventanales.
—Vidrios de doble seguridad. La puerta tiene cuatro cerraduras de última generación. La antena de afuera sugiere que no hay línea telefónica central y mucho menos acceso a internet libre. Fui sacada de mi casa sin mi consentimiento y estoy esposada a una silla en medio de una cabaña en medio de un bosque —siseó—. Estoy medio drogada, conejito, pero no soy idiota.
Ángel miró instintivamente hacia las ventanas y por un segundo la sorpresa lo paralizó. ¿Cómo demonios había visto todo eso? ¡Llevaba despierta menos de dos minutos! ¿Y dónde estaba la mujer que iba a gritar, llorar y suplicar? ¿Su hermana no había dicho específicamente “pobre desamparada”?
Finalmente carraspeó y recuperó la expresión seria que había preparado para aquel momento.
—Bien. Ya que quedó claro que esto es un secuestro, entonces voy a explicarte cómo serán las cosas a partir de ahora…
—¡Perfecto! Y yo te escucharé encantada, pero primero tienes que alimentarme, conejito.
—¡Deja de decirme conejito! ¡Y no voy a alimentarte! —escandalizó Angel, porque aquella falta de miedo ya lo estaba espantando un poco.

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