30 DÍAS... CAPÍTULO 2. Una mentir por omisión
Angel caminaba de un lado a otro del pequeño departamento, o más bien giraba un poco sobre sí mismo, porque un hombre de uno ochenta y ocho y ciento diez kilos de músculo no podía desplazarse mucho en aquellos treinta y cinco metros cuadrados. Finalmente se sirvió la tercera taza de café de la madrugada y buscó el número de su hermana.
Y como siempre pasaba con aquella familia, todo el mundo respondía al segundo tono.
“Si llamas para pedirme dinero, te advierto que estoy pasada de tragos y no puedo manejar maquinaria pesada… como mi cuenta bancaria, por ejemplo”.
Ángel soltó una risa condescendiente.
—No necesito dinero, hermanita, pero sí necesito que vueles a Nueva York y estés en seis horas ingresada en el Lakeshore Memorial Hospital, de preferencia con mala cara… así que supongo que esa resaca ayudará —respondió Angel y su hermana pareció despabilarse.
“¿Perdón? ¿Me quieres en una cama, convaleciente?” escandalizó antes de aceptar dramáticamente. “OK, pero creo que merezco un poco más de contexto. ¿Por qué tengo que parecer moribunda?”
Ángel miró hacia el edificio del otro lado de la calle.
—Porque nuestro querido hacker familiar decidió que la mejor identidad para infiltrarme era de infeliz muy pobre con una hermana muriendo de algo muy caro —rezongó Angel y Alejandra soltó una carcajada.
“¡Él siempre tan dramático!” suspiró saliendo del club en el que estaba, dejándose caer en el asiento trasero de un coche de lujo y haciéndole una seña al chofer para que la llevara al aeropuerto. “Está bien, me haré la moribunda por ti, pero ahora dime qué pasó para que de repente necesites llevar la mentira al nivel hospitalario”.
Ángel tardó un segundo.
—Mi jefe quiere que secuestre a su prometida y pretende pagarme con un tratamiento por tu vida.
“¡Diablos, qué trágicos todos aquí!” se desperezó Alejandra. “No debo haber entendido bien, a ver repíteme… Quiero escucharlo otra vez porque mi cerebro se negó a procesarlo”.
—Oliver Crewman quiere que secuestre a su prometida durante treinta días —repitió Angel—. Y utilizó tu enfermedad imaginaria para chantajearme… o mejor dicho, para chantajear a Angel Reyes, el de la hermana enferma.
Ella permaneció callada unos segundos.
“Eso sí puede joder tu tapadera” murmuró con más seriedad. “No puedes negarte”.
—No, ya no. Y la verdad es que lo mejor que le puede pasar a la pobre mujer es que la secuestre yo y no un criminal de verdad —espetó Angel pasándose una mano por la cabeza.
“Bueno… si no se puede evitar, pues no se puede evitar” masculló Alejandra. “¿Y qué princesa engreída será la víctima? Digo, solo por curiosidad”
—Allison Hayes —respondió Angel y del otro lado el silencio abrupto fue casi preocupante—. ¿Sigues ahí?
“Sí, solo estoy haciendo un esfuerzo ímprobo por no llamarte idioa”
—¿Y a mí por qué?
“Porque fuiste a infiltrarte y solo investigaste al cabrón de Crewman, pero no a la prometida…” murmuró Alejandra mientras él la escuchaba murmurar como hacía cada vez que tecleaba. “Sabía que su nombre me sonaba de algo… espera le stalkeo las redesssssss… ¡Y bingo! Tenemos una ganadora!” exclamó Alejandra, pero antes de que la avalancha de información saliera de su boca, se detuvo y leyó otra vez.
—¿Qué? ¿Qué encontraste?
Pero en ese momento Alejandra estaba decidiendo si su arrogante hermanito merecía saber la verdad o ahogarse en lo que estaba por venir. Según las redes, Allison Hayes no tenía nada de princesa, más bien tenía una fama de tiburona de los negocios, fría, despiadada, sarcástica y feroz.
—¿Y entonces?
“Es una pobre chica desamparada que creció por sí misma porque es extremadamente inteligente. Su compañía ha crecido mucho en los últimos años porque es una nerd, pero no creo que sea una amenaza… bueno, excepto por lo que sabe encontrar” respondió Alejandra agradeciendo que no estaban en videollamada y su hermano no podía ver su risa malvada. no era una mentira despiadada... solo una pequeña omisión.
—¿Lo que puede encontrar?


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