10 AÑOS… CAPÍTULO 8. Desde la experiencia
Giulia se detuvo frente a él y la expresión burlona desapareció de su rostro.
—¿Tanto te asusto?
La pregunta pareció arrancarlo de un trance. Byron parpadeó, se pasó una mano por el cabello y enderezó los hombros como si acabara de despertarse después de varios segundos ausente.
—Más de lo que me conviene, pero igual estoy aquí.
—¡Wow! No me esperaba esa sinceridad.
—Es el cansancio —mintió él, porque aquello no se había parecido al cansancio. Durante un instante había sentido algo extraño, una especie de reconocimiento sin recuerdo que desapareció antes de que pudiera comprenderlo—. Además, deberías considerar una advertencia antes de aparecer así.
Giulia miró sus jeans y después a él.
—Me pediste que viniera informal.
—Ese fue mi primer error. Formal eres una Femme Fatale y puedo asimilarlo. Informal eres… peligrosamente humana.
Le señaló la puerta abierta del auto y Giulia subió sin responder. Byron rodeó el vehículo, ocupó su lugar y arrancó. Durante los primeros minutos ella no preguntó adónde iban, aunque cuando reconoció el camino terminó mirándolo con curiosidad.
—Esperaba un restaurante obscenamente caro —dijo sin cortarse.
—Puedes ir a un restaurante obscenamente caro cualquier día —replicó él.
—Lo sé. Pero pagaste doscientos mil dólares por esta cena. Pensé que intentarías amortizar la inversión.
—Precisamente porque pagué eso, quiero una experiencia más… personalizada.
Giulia levantó una ceja sin molestarse en fingir que no estaba sorprendida.
—¿Eres consciente de que solo compraste tres horas de mi tiempo? —lo provocó.
—Perfectamente. Estoy administrando cada minuto. Te lo aseguro.
Cuando llegaron a Central Park, Byron estacionó y Giulia bajó mirando alrededor. Lo vio abrir el maletero y sacar una cesta de mimbre, y ahí sí que cruzó los brazos.
—No te creo.
—¿Qué?
—¿Un picnic? —Y Giulia no quería burlarse, pero no podía evitar la sonrisa de incredulidad en su cara.
—Intenta ocultar un poco mejor tu emoción —rezongó Byron.
—Estoy intentando decidir si esto es encantador o si sufriste un golpe en la cabeza —advirtió ella.
—Puedes decidirlo mientras caminamos. Ven.
Y le ofreció su mano con tanta naturalidad que Giulia ni siquiera supo por qué estiró la suya y terminó tomándola. Los dedos de Byron eran cálidos, y tan grandes que envolvían completamente los suyos. Por un momento el mundo se le hizo pequeño, doloroso, lleno de recuerdos lejanos, pero antes de que pudiera dejarse ganar por aquella sensación, Byron señaló hacia el camino y Giulia siguió su mirada, para ver que una calesa tirada por un caballo los esperaba unos metros más adelante.
—¿Estás bromeando?
—¡Doscientos mil, Giulia! ¡No podía traerte un sándwich y sentarte debajo de un árbol!
Ella soltó una carcajada y Byron sonrió, satisfecho consigo mismo.
Subieron a la calesa y comenzaron el recorrido mientras las últimas horas de la tarde teñían el parque de tonos cálidos. Giulia se acomodó contra el asiento y observó los árboles, los senderos y las personas que todavía paseaban. Byron habló poco al principio. Se limitó a verla mirar alrededor y a preguntarse por qué verla relajada le producía aquella satisfacción absurda.

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