10 AÑOS… CAPÍTULO 15. Un órgano poco sindicalizado
Y el problema no era lo húmedo ni lo intenso. ¡Si es que Byron estaba de acuerdo con todo eso! El problema era que el calendario emocional de Giulia incluía algunos altibajos que prometían sacarle canas antes de tiempo.
Esa noche tuvo que irse derechito a una ducha fría y sin recibir nada más que provocaciones verbales, lo cual ya era un insulto en sí mismo. Luego vino una larga lista de órdenes laborales y por fin dos días después, Byron recibió un mensaje a las nueve y cuarto de la mañana.
“Café. Diez. Mercer”.
No había saludo ni pregunta, así que respondió con descaro.
“¿Eso es una invitación o una orden?”
“Te quedan veinticinco minutos para decidirlo”.
Y Byron no se tomó tanto, porque a las diez menos cinco estaba allí.
Giulia llegó a las diez en punto, pidió café y pasó treinta minutos besándolo como si la última vez que se habían visto no hubiera terminado echándolo de su estudio, de noche, calenturiento y encima insatisfecho.
—Tengo que irme —dijo por fin y Byron miró su reloj.
—¿Ya?
—Sí. Soy una chica trabajadora.
—Podríamos almorzar después —pidió él y Giulia le hizo un puchero.
—No puedo cielo. Tú estás para calentarme el cuerpo, no para darme de comer. ¿De acuerdo?
—Ok… ¿Entonces cuándo toca el próximo calentamiento? ¿Mañana?
Giulia tomó su bolso.
—Ya veremos.
Le hizo un guiño, le dio un beso rápido en la mejilla y se marchó mientras Byron se quedaba sentado mirando su café.
—¡Insoportable! —rezongó, pero el problema era que estaba sonriendo.
Tres días después fue durante la hora del almuerzo. Giulia apareció en su oficina, se sentó sobre él en la silla ejecutiva, mordiéndolo como si fuera vampira en entrenamiento, pero cuando Byron propuso continuar la tarde juntos, ella se negó.
—¡Uy, no puedo! Tengo cosas que hacer.
—¡Siempre tienes cosas que hacer cuando empiezo a divertirme! —se quejó él.
—¡Qué tragedia! ¡Por suerte tienes baño privado en tu oficina y una linda y fuerte mano derecha! —sonrió ella.
—¡Giulia…!
—Adiós, Byron —rio la muchacha con descaro y volvió a marcharse.
La semana siguiente fue peor. ¡Mucho peor! Especialmente el día que ella lo llamó a media tarde.
“¿Dónde estás?” preguntó por teléfono.
—Hola para ti también, torturadora mía. Estoy en la oficina.
“Sal”.
Y al orden era tan simple que Byron dio un respingo.
—¿Por qué?
“Porque quiero verte”.
Él cerró inmediatamente la carpeta que tenía delante.
—Eso ha sido peligrosamente parecido a admitir que me extrañas.
“Olvídalo”, siseó Giulia y antes de que la palabra se extinguiera, ya se escuchaba el jadeo del hombre que corría hacia el ascensor como si fuera un niño a punto de perderse el camión de helados.

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