10 AÑOS… CAPÍTULO 32. Algo nuevo
El corazón de Giulia empezó a latir tan rápido que hasta ella se asustó.
—¿Qué… qué se supone que significa eso? —preguntó, y Byron terminó de guardar las cartas dentro de la caja antes de levantar la mirada.
—Significa exactamente lo que dije. No quiero volver a Nueva York, dejarte en tu casa y esperar a que dentro de tres días decidas que todo esto fue un momento de debilidad.
—No suelo tener momentos de debilidad…
—Claro que no. Tú tienes decisiones cuestionables perfectamente planificadas.
Giulia puso los ojos en blanco, pero no respondió.
—¿Entonces qué quieres hacer? —murmuró ella.
—Quiero que no te separes de mí el tiempo suficiente como para que no puedas sobrepensarlo, preguntarte si fue cierto, si estas aquí por mí o por mis recuerdos, si todavía puedes amarme. No voy a dejar que esto se enfríe.
Y ella no respondió, porque si era honesta, ni siquiera sabía cómo hacerlo en ese momento.
El avión los esperaba de vuelta casi al amanecer, y poco más de dos horas después estaban de regreso en Nueva York, con más nervios que respuestas.
—Casi era más fácil cuando me odiabas, ¿verdad? —preguntó de repente y ella bajó la cabeza—. Ahora tienes que decidir si quieres estar conmigo o con un recuerdo de hace diez años. El difícil simplificar esa relación.
—No era una relación. Era una venganza —contestó Giulia con honestidad.
—Una bastante extraña. Me besabas, te acostabas conmigo y conseguías que gastara medio millón en una escultura. Qué bueno que te detuviste antes de dejarme en bancarrota.
Giulia sonrió, pero enseguida recuperó la seriedad.
—Bueno… ya no puedo seguir usándote para vengarme de tu yo de hace diez años que me abandonó.
—Porque ahora sabes que no te abandoné.
—Exacto.
Durante años había tenido una explicación sencilla para todo: Byron la había utilizado, había regresado a su vida y la había borrado de ella. Incluso después de encontrarlo, cada acercamiento podía justificarlo como parte de aquel juego absurdo. Ahora no tenía nada detrás de lo que esconderse.
—No quiero asumir que somos una pareja porque lo fuimos hace diez años —dijo Byron—. Sería ridículo. Ni siquiera recuerdo esa relación.
—Y yo no quiero que estés conmigo porque unas cartas dicen que una vez me amaste.
—Entonces no le pongamos nombre —sentenció él—. Y vamos a evaluar lo que sentimos ahora. Y ahora mismo quiero seguirte viendo.
Giulia lo estudió unos segundos y dejó escapar el aire.
—Yo tampoco quiero alejarme.
—Bien. Ya tenemos un acuerdo: seguiremos viéndonos —dijo Byron emocionado y Giulia casi hizo un puchero.
—¿Te das cuenta de que ese es el mismo compromiso emocional que se tiene con una planta de interior? —le preguntó y él acabó cubriéndose la cara para no reírse, pero al final se quitó el cinturón de seguridad y se arrodilló frente a ella.
—Los demás compromisos emocionales sonarían completamente vulgares si te los digo en voz alta —replicó—. Me gustas desde el mismo momento en que me trataste como calcetín desechable en tu oficina por primera vez. ¡Ya sé que soy masoquista, pero ¿qué quieres que haga?
—Dilo de todas formas.
—Quiero dormir en tu cama, hacerte la vida imposible, que me descubras ahora, descubrirte ahora. Quiero estar contigo, con la mujer que puedo recordar, que es valiente, hermosa, con un corazón predispuesto a la maldad cuando se trata de mí…
—¡Si la gente te oye, van a pensar que te maltrato! —le gruñó Giulia.
—¡Entonces maltrátame, pégame, flagélame…!
—Byron…
—Ven conmigo. A mi departamento —aclaró él—. Quédate conmigo hoy.
Y era una locura, completa, los dos lo sabían, pero cuando el auto estuvo frente a ellos, Giulia le lanzó las llaves.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? —murmuró.
—Que te enamores de mí otra vez —le dijo Byron con una sonrisa que habría derretido los malditos polos.
—¡Dios, apenas empezamos y ya me estoy arrepintiendo!


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