El corazón de Javier dio un vuelco.
Al cruzarse con esa mirada oscura y burlona de Alejandro, casi no tuvo dudas: todo eso se trataba de una advertencia dirigida a él.
Después de varios días aguantando indirectas, Javier ya no pudo más. Se acercó a paso rápido y cayó de rodillas frente a la cama.
—Alejandro, sé que me equivoqué. No debí haberle hablado así a Sofía, te juro que no vuelve a pasar. Por favor, perdóname. Todo lo que hice fue para que ella se retirara sola y para que tú y Florencia pudieran estar juntos sin problemas.
Javier no sabía exactamente cuánto sabía Alejandro, pero por instinto ocultó lo del falso embarazo. Sofía y Alejandro ya no tenían futuro, y lo más probable era que el título de señora García terminara siendo de Florencia de todas formas. No podía darse el lujo de enemistarse con ella.
Además, él también estaba metido en ese asunto. Traicionar a Florencia era traicionarse a sí mismo, y quedaría mal con todos.
Javier apostó y aguantó.
Por suerte, Alejandro de verdad parecía no saber nada de eso.
Él lo miró, levantó apenas las cejas y, lejos de enojarse, respondió con tranquilidad:
—¿Qué estás haciendo?
Soltó una risa corta y dijo:
—No voy a cobrarte cuentas viejas de hace años.
Alejandro siempre cumplía su palabra, pero aun así Javier no podía sacudirse el miedo. Si no iba a cobrarle las cuentas viejas, ¿significaba que podría cobrarle las de ahora?
Como si le hubiera leído el pensamiento, Alejandro dijo:
—Hay gente dentro de los García que está trabajando con los Lima. El ataque que sufrí también tiene que ver con esa alianza. ¿Quién se te ocurre que podría ser?
Alejandro no le había dicho a nadie que había recibido la bala por Sofía, así que Javier desconocía ese detalle.
Al escucharlo, se quedó helado.

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