—Ah, por cierto —añadió Cintia con una sonrisa—. No te olvides de la multa por incumplimiento de contrato.
Dicho esto, sin mirar el rostro lleno de odio de Wendy, se dio la vuelta y se fue sonriendo.
Baltasar vaciló un momento, pero finalmente la siguió.
Wendy se quedó inmóvil, viendo cómo Baltasar elegía a Cintia.
«Maldita sea».
Su asistente se acercó para consolarla.
—Wendy, no te preocupes. Ya encontrarás la forma de devolvérsela.
Y le susurró algo al oído.
—Haz esto…
...
Cintia no estaba de humor para participar en la cena y tampoco quería que los empleados se sintieran incómodos, así que se retiró a un lugar apartado.
Baltasar se quedó con ella. En la zona del bufé, tomó un racimo de uvas, sus favoritas, y comenzó a pelárselas una por una.
Los ojos de Cintia se humedecieron de repente.
Le encantaban las uvas, pero le daba pereza pelarlas. Para asegurarse de que obtuviera suficiente vitamina C, Baltasar siempre se las pelaba personalmente.
Recordó una vez que un amigo suyo se burló de él, diciendo que vivía como una mujer, sin ninguna pizca de hombría.
Baltasar se rio con desdén.
—¿Para qué ser un macho frente a mi esposa? Lo importante es que ella sea feliz.
Los ojos de Cintia se nublaron.
—Mi Cinty ha sido ofendida. Te aseguro que arreglaré el asunto de Wendy.
El hombre le acarició la cabeza con ternura.
La devoción en sus ojos no parecía fingida.
Y la forma en que la había defendido hace un momento también era genuina.
Pero entonces, ¿por qué la engañaba?
¿Y por qué era tan buen actor?
Cintia se apartó suavemente, con el corazón lleno de una amargura indescriptible, y no dijo nada.
En ese momento, la secretaria llamó a Baltasar. Tenía que atender un asunto importante.
Baltasar asintió y, antes de irse, abrazó a Cintia con renuencia.
—Espérame aquí, vuelvo en un momento.
—Ajá.
Cintia sonrió débilmente. En cuanto él se fue, sus ojos recuperaron su frialdad.
...
Pasó media hora.


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