PRÓLOGO
Camino por un pasillo interminable, la alfombra roja vibrante bajo mis pies, salpicada con pétalos de rosas blancas y lilas. En mis manos, un ramo delicado de flores blancas y rosa pálido. El vestido se enreda con los pétalos, pero no me detengo. Quiero llegar al final. Acelero el paso y mi respiración se sincroniza con el ritmo de mis latidos.
Al final del pasillo, busco rostros familiares: mis padres, mis amigos… pero no hay nadie. Solo un hombre, parado bajo una pérgola de madera. Su espalda es todo lo que veo. Me acerco, y él se gira. Lleva un traje negro, corbata color vino, y en sus manos, una pequeña caja. Me sonríe. Es Julián. Hermoso, como siempre.
Un golpe en la puerta me arranca del sueño, y la realidad me invade. Hoy es el día. El día que tanto he esperado. La última noche en mi habitación de niña ha quedado atrás.
—Buenos días, mi niña —dice mi abuela, entrando con una sonrisa cálida—. Espero que hayas dormido bien. Nos espera un día largo y hermoso.
—Buenos días, abuela. ¡Llegó el día! Estoy nerviosa. Solo quiero que termine la fiesta y estar en camino a nuestra luna de miel.
—Tranquila, todo saldrá perfecto. Este es tu día. Disfrútalo, cada segundo, cada minuto, va ser un día único e irrepetible Montse. Ahora, ponte la bata y bajemos a desayunar.
Mientras desayuno, la ansiedad me consume. Soy hija única, la única heredera de una empresa automotriz Belmont, preparada desde siempre para este momento. Construir una familia que continúe con el legado familiar. Mis padres fallecieron cuando era apenas una niña, y aunque no los recuerdo, hoy, más que nunca, siento su ausencia. Una lágrima cae, pero decido enfocarme en el presente. Se que aunque no compartí mucho con ellos siempre están conmigo, forman parte de mí.
La mañana transcurre con una calma desesperante: masajes, manicura, mascarillas. Todo parece diseñado para relajarme, pero, en lugar de eso, siento cómo mi ansiedad crece. Todas las mujeres que ayudan a prepararme, quieren saber cómo conocí a Ignacio Torres, cómo fue la propuesta, dónde será la luna de miel. Respondo con vaguedades, preservando nuestra privacidad. Mi relación con Ignacio ha sido un refugio íntimo y seguro, algo que nunca he compartido completamente con los demás. Y deseo mantenerlo así, él es mi lugar seguro, él es mi familia, él es mi hogar.
Cuando llega la hora de arreglarme, todo se vuelve más real. Mi abuela me regala un collar de oro blanco con un pequeño dije azul.
—Era de tu madre. Algo viejo y algo azul para la tradición —dice con los ojos vidriosos.
—Gracias, abuela. Es hermoso.
Siento un nudo en la garganta mientras me lo coloca. Este pequeño detalle de mi madre, a quien apenas conocí, parece llenar un vacío en este día tan significativo.
Me miro en el espejo una última vez. El vestido, sencillo, es perfecto. Mi cabello recogido en un moño discreto, y el maquillaje resalta lo justo. Todo está listo. Estoy lista.
Al abrir la puerta de la habitación, lo veo. Sus ojos grises que tanto conozco, me miran como si estuviera examinando cada centímetro de mi ser. Va vestido con un traje negro impecable, en su mirada no veo seguridad de siempre, veo miedo.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar en la capilla, como todos los demás.
—Estás hermosa, Montse —dice, su voz baja, cargada de algo que no logro identificar—. Quería verte antes de la ceremonia. Necesito hacerte una pregunta.
—¿Ahora? La ceremonia empieza en diez minutos. No es el mejor momento.
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