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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 332

—No lo malinterpretes, Vera solo estaba muy triste y vino a desahogarse conmigo.

—Ami, sé que siempre le has tenido resentimiento a Vera, pero por más molesta que estés, ¡no podías permitir que Saúl la tratara así!

La mirada que Amaya le dirigió a Diego se volvió gélida en un instante.

—¿Venir a desahogarse a tu cuarto en plena madrugada vestida con un camisón de encaje?

—¡No voy a opinar sobre la enfermiza relación de primos que tienen!

—A esta mujerzuela de Vera sí que me dan ganas de golpearla cada vez que la veo. ¡Si tan hombre eres, dile que se mantenga lejos de mí! Porque si hay una próxima vez, no respondo por mis actos.

Amaya estaba que hervía de rabia, y verlos juntos solo avivaba el fuego en su interior.

Agitó el celular en el aire y soltó una risa burlona dirigida a Diego.

—¿No decías hace un rato que en tu familia nadie tenía trapos sucios y que lo de tu padre fue un accidente? Pues adivina qué, ¡ahora yo tengo las pruebas!

—Si te atreves a exponer a mi madre, voy a publicar las fotos y el video de ustedes dos de esta noche, ¡junto con nuestra acta de matrimonio!

—Diego, dudo que a muchos les interese el pasado de mi madre, pero la noticia bomba de que el presidente del Grupo Muñoz tiene un amorío con su propia prima estando casado... ¡Eso sí que es un escándalo que todos van a querer devorar!

—Me dan asco. Me largo, sigan divirtiéndose.

El estómago de Amaya se revolvía con tanta fuerza que, si se quedaba un segundo más, juraba que iba a vomitar.

Sin embargo, su único consuelo era que, si al principio de la noche no sabía cómo presionar a Diego, en la madrugada la mismísima Vera le había servido en bandeja de plata la munición perfecta.

Amaya dio media vuelta y se alejó con paso firme y desafiante.

Diego se quedó mudo de rabia. Por instinto, quiso ir tras ella, pero en ese preciso instante, un grito ahogado de Vera lo detuvo.

Los ojos de Diego se abrieron de par en par, aterrorizado. Agarró unos pañuelos de inmediato y comenzó a limpiarla, con el rostro desencajado por el sufrimiento.

—No digas más, Vera. Lo entiendo, entiendo todo. Sé que no ha sido fácil para ti.

Vera se aferró a él con más fuerza y rompió a llorar con amargura.

—Diego... la única persona en la que puedo confiar... eres tú... Te lo ruego... no me abandonones... ¿sí?

Diego tragó saliva pesadamente. Su mirada se ensombreció y, tras un largo e intenso silencio observando el rostro de Vera, finalmente asintió.

—Aún hay... un secreto más... que siempre quise contarte...

Al ver que Diego ya estaba completamente vulnerable, un fugaz destello de triunfo cruzó por la mirada de Vera.

Se incorporó con esfuerzo, sacó su celular, abrió un documento y se lo puso frente a los ojos a Diego...

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