El agarre de Diego era muy fuerte, con tanta fuerza que casi asfixiaba a Amaya.
Amaya quería abrir la boca, pero Diego se negaba a soltarla; todo el rostro de Amaya enrojeció rápidamente y casi se quedaba sin aire.
Al ver que Diego maltrataba a su hija frente a ella, Beatriz Ibarra entró en un estado de pánico y furia:
—¡Diego Muñoz, eres un desgraciado! ¡Cómo te atreves a asfixiar a mi hija!
—¡Yo... te voy a matar a golpes!
Beatriz enloqueció de rabia. Al ver pasar a la señora de limpieza con un trapeador, se lo arrebató de las manos y ¡lo estampó sin piedad contra el hermoso rostro de Diego!
En toda su vida, era la primera vez que a Diego le daban en la cara con un trapeador tan apestoso, que acababan de usar para limpiar los baños.
En un instante, su rostro se puso verde de asco, todo su cuerpo se tensó y, por instinto, soltó el cuello de Amaya.
Amaya retrocedió rápidamente, tosiendo con violencia.
Beatriz ya había perdido la cabeza. Después de restregarle el trapeador en la cara a Diego, y al ver que Josefa Ponce y Vera Ramos se abalanzaban sobre ella gritando, ¡no dudó en estamparles el trapeador a ellas también!
—¡Ustedes no son más que unas basuras con ropa elegante!
—¡Se creen personas dignas de la alta sociedad, pero lo único que hacen son cosas asquerosas y despreciables!
—¡Mi hija se unió a su familia durante cinco años, soportó todo tipo de humillaciones e injusticias, y cuando finalmente quiere divorciarse, todavía intentan ensuciar su nombre! ¡Y encima le echan la culpa a ella!
—¡Diego Muñoz! ¡Con qué cara asfixias a la mujer que te dio una hija! ¡Y de dónde sacas el descaro para decir esas cosas!
—¡No me lo creo! ¡Acaso la ley en Solsepia se llama Muñoz!
Mientras gritaba, Beatriz balanceaba el trapeador como una guerrera abriéndose paso, atacando desesperadamente los cuerpos, rostros y pies de sus oponentes.
Diego, Josefa y Vera jamás habían presenciado algo parecido, y en un instante fueron acorralados contra una esquina.
Los rostros, la ropa y las extremidades de todos se mancharon con la suciedad del trapeador, sintiéndose absolutamente miserables. El rostro de Diego estaba morado de la indignación, mientras Josefa y Vera gritaban aterrorizadas.
Amaya observaba a su madre, que estaba arrasando con todo a su paso, y no pudo evitar aplaudir de asombro.
—¡Las pruebas están en su celular, él tiene todos los videos y fotos! ¡Solo tienen que abrirlo y todo quedará claro!
El oficial instintivamente extendió la mano, intentando tomar el celular de las manos de Amaya.
Sin embargo, no pudo alcanzarlo; Amaya hizo un movimiento evasivo y lo volvió a guardar en su bolsillo, diciendo con frialdad:
—En vista de cómo actuaron coludidos hace un momento, ya no confío en ustedes.
—Mi madre me dijo que el oficial que llevó su caso en aquel entonces era de apellido Ramos, ¡tráiganme al oficial Ramos, quiero entregarle las pruebas a él!
El policía se mostró visiblemente incómodo:
—No tenemos a ningún oficial Ramos en esta comisaría. La persona de la que hablan ya no está desde hace mucho tiempo, ¿dónde quieren que lo busquemos?
—¿Quién dice que no estoy? Sigo vivito y coleando, ¿quién se atreve a desearme la muerte?
Justo cuando el oficial terminó de hablar, una voz de un hombre de mediana edad, potente y llena de energía, resonó desde la entrada.

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