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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 360

Ya no aguantaba las ganas de humillarlos.

No lograba entender cómo esos dos ancianos, que antes la llamaban "hija" y le cumplían todos sus caprichos, se habían vuelto tan insensibles de la noche a la mañana.

Antes adoraban a Mateo, pero en el segundo que se enteraron de que no era suyo, lo borraron del mapa.

En el pasado, siempre tenían paciencia para escucharla, dándole la razón a ella en cada pelea con Romeo. Pero esta vez, la cortaron de tajo, ni siquiera una llamada le hicieron; la bloquearon por completo.

Y ahí estaban, con toda su familia, prestándose al juego de Amaya en el bautizo de su hija.

¿Cómo podían ser tan desalmados con ella y con el pequeño Mateo?

Aunque el niño no fuera su nieto de sangre, lo habían querido... ¿no?

Fueron al bautizo de la hija de Amaya, ¿acaso no se acordaron de que Mateo también cumpliría cien días pronto? ¿Dónde estaba el regalo de Mateo?

En el pasado jamás la trataron así. Sin importar cuán grosera o berrinchuda fuera, ellos siempre llegaban con dinero y regalos caros.

Pero ahora, ni siquiera le dirigían la palabra. Eran de piedra.

Entre más lo pensaba, más enojada y herida se sentía.

Miró a Ximena con furia, como si fuera su peor enemiga.

Ximena estaba roja de rabia, atónita ante la capacidad de Vera de voltear las cosas a su conveniencia. El descaro la estaba abrumando y retrocedió un paso, mezclando enojo y vergüenza:

—Tú... tú...

Ximena, a lo largo de su intachable vida, jamás se había topado con una mujer tan sinvergüenza y retorcida.

Temblaba de pies a cabeza sin poder pronunciar una frase entera. La presión en el pecho casi le provoca un desmayo.

Ricardo la sostuvo de inmediato y apuntó a Vera con el dedo:

Amaya fulminó a Vera con la mirada:

—Vera, ¿no tuviste suficiente con el agua fría de hace rato? ¿Vienes a buscar más problemas?

Al ver la perfecta sincronía y complicidad entre Romeo y Amaya, Vera sintió como si le clavaran agujas en los ojos.

Esbozó una sonrisa maliciosa, ignorando a Romeo para centrarse en Amaya:

—Vaya, qué bonita parejita. Amaya, ni siquiera te has divorciado y ya te urge meterte en esa casa, ¿verdad?

—Solo vine a saludar al señor y la señora Ortega. ¿Acaso eso es buscar problemas? ¿Ya no puedo platicar un rato con mis exsuegros?

Al escuchar eso, el rostro de Romeo se oscureció por completo. Se volteó y sus ojos se clavaron en Vera como puñales:

—Vera, no seas sinvergüenza.

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