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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 400

—Amaya y yo estamos trabajando juntos porque el destino así lo quiso. Ella tiene un talento inmenso y yo simplemente supe verlo, eso es todo.

—Si yo buscara venganza, me iría directamente contra Diego y Vera, que fueron los que orquestaron todo este enredo. ¿Cómo podría hacerle daño a Amaya? Ella es la única víctima real en toda esta farsa.

Respiró hondo, con un tono firme y profundo: —No solo no voy a lastimarla, sino que voy a protegerla con todo lo que tengo. La ayudaré a salir de las sombras para que pueda brillar como siempre debió hacerlo.

—Axel, te estás haciendo ideas que no son.

Dicho esto, Romeo cortó la llamada.

Al escuchar el tono de desconexión, Axel se quedó un buen rato asimilando las palabras, sintiendo un inmenso alivio.

Siempre había admirado a Amaya. Era una mujer fuerte y valiente, que mantenía su dignidad aun en la peor tormenta. No soportaba la idea de que una gran mujer como ella fuera lastimada de nuevo.

Axel guardó el celular y estaba por arrancar su auto.

Pero en ese instante, por la ventana, vio que se abría bruscamente la puerta trasera de un Bentley negro a lo lejos.

Diego Muñoz salió furioso del vehículo. Tenía la corbata desecha y la camisa medio desabotonada, desprendiendo una furia incontrolable.

Le gritó a su chófer con una rabia que resonó en todo el estacionamiento vacío:

—¡Lleva a la señorita Ramos a su casa! ¡Inmediatamente! ¡Yo me iré en un taxi!

Vera seguía sin darse por vencida. Asomó la cabeza por la ventanilla, con la cara manchada de lágrimas y una mirada desesperada:

—Diego, mi amor, has bebido mucho y hace frío. Déjame ir a tu casa para cuidarte, ¿sí? De verdad me preocupas...

Diego perdió por completo la paciencia, sintiendo que le latían las sienes. Señaló el auto y rugió con los dientes apretados:

—¡Lárgate! ¡Arranca de una maldita vez y llévatela! ¡No me obligues a repetirlo!

El chófer, muerto de miedo, pisó el acelerador a fondo y el auto salió disparado como un cohete.

Axel veía a Diego tambalearse y meneaba la cabeza, sin entender absolutamente nada.

¡De seguro era por culpa de esa infeliz de Amaya! ¡Todavía ocupaba un lugar en su corazón!

¡Seguro que era eso!

Vera culpó a Amaya de todas sus desgracias sin pensarlo dos veces.

Sacó el celular, marcó el número de Amaya y le gritó sin piedad:

—¡Amaya, maldita basura! ¡Destruiste mi vida, me quitaste todo! ¡Me la vas a pagar muy caro, juro que te destruiré!

Amaya ya tenía bloqueado el número de Vera, pero no esperaba que ella consiguiera uno nuevo.

Al ser despertada a la mitad de la noche, Amaya, que ya de por sí tenía muy mal genio al despertar, perdió la paciencia por completo.

Agarró el celular y le contestó con una voz que cortaba como cuchillo:

—¿Qué perra sarnosa está ladrando a estas horas de la madrugada? ¡Lárgate al diablo!

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