—Entonces, su guerrera menor buscará a Romeo para que seamos sus refuerzos. Veremos cómo hacen pedazos a todo el mundo esta noche.
Las tres mujeres chocaron los cinco con firmeza y, tras dividirse las tareas, se pusieron rápidamente en movimiento.
Al caer la noche. Siete en punto.
Último piso del Club Cúspide, en el salón de eventos.
Los candelabros de cristal destellaban con una luz deslumbrante. Entre perfumes caros y atuendos de diseñador, las mujeres más poderosas y las figuras más destacadas de Solsepia estaban reunidas. Formaban pequeños grupos, susurrando, y en el ambiente se respiraba una sutil y expectante tensión.
Josefa Ponce lucía un elegante vestido de gala verde oscuro con una abertura alta, mientras que Sonia Ponce llevaba un sofisticado traje estilo Chanel en blanco y negro. Ambas exhibían sonrisas inquebrantables mientras recibían a los invitados en la entrada.
Vera Ramos, Melina Muñoz y Leonor Muñoz también estaban allí, ayudando a atender a la concurrencia.
Vera llevaba un vaporoso vestido largo de gasa color crema, con unos pendientes delicados, proyectando una imagen de dulzura e inocencia.
Melina, en cambio, destacaba con un vestido corte sirena color vino tinto y la espalda descubierta. La apertura de la falda dejaba ver sus largas piernas, y sus tacones de aguja negros resaltaban su sensualidad a cada paso.
Leonor mantenía su habitual apariencia profesional: un traje sastre azul marino con una blusa de seda blanca, expresión seria, el ceño ligeramente fruncido y poco interés en el evento.
Josefa y Sonia contemplaban a sus hijas con evidente orgullo y satisfacción.
Josefa echó un vistazo a su reloj de lujo, le dio un codazo a Sonia y murmuró.
—¿Tú crees que se atrevan a venir hoy?
Sonia esbozó una mueca de asco.
—Beatriz es impredecible, pero te aseguro que Ximena Chávez, esa cobarde, no se va a aparecer.
Bajó la voz, con un tono lleno de arrogancia: —Después del escándalo que protagonizó Vera, la familia Ortega agachó la cabeza, e incluso le dieron a mi hija una fortuna como indemnización de divorcio... A alguien tan dócil como Ximena la aplastamos sin el menor esfuerzo.
—Llevamos años organizando estas galas y haciendo caridad. Todas estas mujeres son parte de nuestro círculo de confianza. ¡Jamás se pondrían de su lado!
Tras decir eso, Josefa bajó aún más la voz y se ajustó las mangas del vestido por puro reflejo, intentando ocultar unas marcas que aún no se habían borrado por completo de sus brazos.
—Por cierto, sobre los días que pasamos detenidas... que no se escape una sola palabra. ¡Sería la burla de todos!
—Ya hablé con la señora Morales y la señora Lima. Todas diremos que estuvimos en un retiro espiritual estricto durante dos semanas. ¡No vayas a abrir la boca y arruinarlo!
Sonia asintió y siguieron susurrando.
De repente, un gran revuelo se formó en la entrada del salón.
Amaya venía caminando con paso firme, del brazo izquierdo llevaba a Beatriz, y del brazo derecho, a Ximena.
Las tres mujeres lucían espectaculares, emanando un aura de autoridad absoluta y con rostros que no ocultaban sus intenciones bélicas. Parecían tres espadas afiladas desenvainadas, marchando directo hacia las hermanas Ponce.

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