Las palabras de Beatriz cayeron como una bofetada sonora en los rostros de Josefa y Melina.
Melina temblaba de furia y estalló en insultos:
—¡Beatriz, maldita vieja! ¿Cómo te atreves a hablarle así a mi mamá? ¿No crees que yo...?
—¿Que tú qué? ¿Acaso te crees con el derecho de hacer lo que te dé la gana?
Antes de que pudiera terminar la frase, el grito furioso de Sofía Vargas resonó desde la entrada.
La puerta principal estaba abierta, y Sofía entró al lugar seguida de Marcos Torres.
Casi al mismo tiempo, varios guardaespaldas corpulentos, vestidos con impecables trajes oscuros, entraron en fila y se ubicaron rápidamente a ambos lados de Beatriz, formando una barrera que bloqueó a los hombres que habían traído Josefa y Melina.
Marcos, con sus gafas de armazón dorado y su maletín en mano, exudaba el aura imponente de un abogado de élite.
—¡Sofía Vargas, Marcos Torres! Amaya ya está muerta, ¡les aconsejo que no se metan donde no los llaman!
Al ver de quiénes se trataba, Melina soltó un bufido desdeñoso.
Marcos, sin embargo, ni se molestó en prestarle atención. Caminó directo hacia Beatriz y le preguntó en voz baja:
—Señora Beatriz, lamento la tardanza. ¿Se encuentra bien?
Beatriz enderezó la postura, con el rostro cargado de dignidad.
—Estoy bien, no se atreverían a hacerme nada.
—Marcos, llegaste en el momento justo. ¡Hoy vinieron a hablarme de leyes, así que te toca explicarles cómo funcionan las cosas!
Marcos asintió y sacó un grueso fajo de documentos de su maletín. Luego, dirigió una mirada glacial hacia madre e hija.
Declaró con voz firme:
—Señora Ponce, señorita Melina. Según el código civil de nuestro país, los padres del menor son sus tutores legales. Sin embargo, hasta que el certificado de defunción de la señora Amaya no sea emitido y notariado por las autoridades correspondientes de nuestro país, legalmente ella solo se considera 'desaparecida', no 'fallecida'.

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