Diego estaba hundido en la gran silla de cuero de su oficina, con el ceño fruncido y sosteniendo un cigarrillo a medio consumir en la mano.
En una esquina del escritorio, había una foto de Reni.
La última vez que él fue al parque, le había tomado una foto a escondidas cuando Marta se descuidó, la mandó a imprimir y a enmarcar especialmente para ponerla en su escritorio. Así, cuando se sintiera agotado, podría ver a su hija.
El protector de pantalla de su computadora era una foto infraganti de Amaya, tomada por un compañero cuando ella solía trabajar en el Grupo Muñoz.
En la foto, el rostro de Amaya aún conservaba la inocencia de su época de estudiante. Llevaba su característico cabello corto, una sonrisa dulce y una mirada transparente. Seguía siendo aquella chica sencilla y encantadora que se tomaba su trabajo muy en serio en sus recuerdos.
El tiempo realmente era un cuchillo cruel que lo cambiaba todo.
No sabía por qué los demás lograban un nuevo renacer cuando optaban por un segundo matrimonio.
Pero Diego sentía cada vez más que su corazón seguía estancado en el pasado.
Extrañaba cada vez más a su hija, la anhelaba locamente. A veces incluso soñaba que la tomaba de la mano y besaba con adoración sus tiernas mejillas.
Al mismo tiempo, echaba de menos a Amaya; especialmente esos primeros momentos juntos, cuando ella lo respetaba, lo adoraba y él era su mundo entero.
Aún no podía aceptar el hecho de que su esposa ya no era suya y que su hija tampoco lo era.
Y menos aún podía tolerar que Amaya ya fuera la mujer de alguien más.
Todo esto, cuando Diego lo recordaba ahora, parecía un mal sueño.
Y fue hasta este instante que por fin entendió lo absurdo y ridículo que había sido que, durante la recuperación del parto de Amaya, él hubiera abandonado a su esposa e hija para ir a cuidar de Vera Ramos y su hijo.
Se arrepentía profundamente de haber pensado de esa manera; de haber creído ciegamente que era el momento de la vida de Vera en el que más lo necesitaba.

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