Al escuchar el tono de ocupado en el teléfono, Amaya y Romeo se miraron con cierta resignación.
Romeo dijo:
—Ami, vámonos. Iremos al Grupo Muñoz para ver qué es exactamente lo que Diego quiere decirte.
Amaya asintió, dejando de lado la idea de tomar una siesta, y fue a su vestidor para cambiarse por un elegante vestido color lavanda de corte estilizado.
Ese vestido era de los que había comprado durante su día de compras con Ximena. Era un estilo que jamás había probado antes, cuyo principal enfoque era resaltar una sensación de elegancia y sofisticación.
Como su cabello había crecido bastante sin que se diera cuenta, optó por recogérselo en un peinado impecable y se aplicó un maquillaje suave.
De pie frente al espejo, hasta ella misma quedó maravillada con su propia imagen.
Antes, vivía tan ocupada que no tenía ni un segundo para apreciar su propia belleza, pero desde que se unió a la familia de Romeo, parecía que todo había comenzado a ir a un ritmo mucho más tranquilo.
La responsabilidad de cuidar de Reni había sido completamente absorbida por Ximena y Beatriz. Las dos se la pasaban compitiendo todos los días por la atención de la niña, dejándola a ella, la madre, prácticamente sin nada que hacer.
En el trabajo, la mayor parte de las tareas habían sido delegadas a su equipo. Como Romeo era excelente organizando y supervisando el panorama general, y contando con un grupo consolidado que manejaba las operaciones... Amaya se fue dando cuenta de que ya no necesitaba matarse trabajando, intentando mantener un equilibrio forzado entre su vida personal y profesional.
Ahora, tanto en su vida diaria como en el trabajo, siempre había alguien encargándose de todo de la mejor manera.
Por supuesto, eso le dejaba mucho más tiempo y energía para arreglarse y cuidar su imagen.
Fue entonces cuando cayó en cuenta de que el tipo de hombre que elige una mujer determina el tipo de vida que llevará.

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