—Dante... ¿eres tú, Dante?
En cuanto la llamada conectó, Vera no pudo contenerse y susurró su nombre con desesperación.
Desde el otro lado de la línea, una voz masculina, áspera y llena de pánico, le respondió de inmediato:
—¡Soy yo, soy yo! ¡No grites, maldita sea! ¿Acaso quieres que me descubran?
—Escúchame bien. Alguien logró sacarme de la cárcel bajo fianza, pero no puedo quedarme ni un minuto más en el país. Si me quedo y me declaran culpable, no volveré a ver la luz del sol en lo que me queda de vida.
Al escuchar eso, el corazón de Vera dio un vuelco.
—Pero... ¿adónde piensas ir? ¿Vas a regresar a Sudamérica?
—¡Sí! ¡Voy a llevarme a mi hijo a Sudamérica ahora mismo!
—Solo allá estaré a salvo. La policía de aquí no podrá tocarme. Esperaré a que las aguas se calmen y luego veré qué hago. Te lo pregunto por última vez, Vera: ¿vas a venir conmigo o no?
Dante la arrinconó con su exigencia.
Vera sintió que el pulso le latía en los oídos.
Si era sincera consigo misma, la idea de convertirse en una fugitiva al lado de Dante no le hacía ninguna gracia.
Estar con él significaba tener dinero de sobra y lujos, pero también implicaba vivir con la muerte respirándole en la nuca. En cualquier momento podrían acabar con ella.
Sin embargo, si decidía quedarse y depender de Diego, lo máximo que conseguiría sería un trabajo mediocre en el Grupo Muñoz. Su protección y sus atenciones hacia ella tenían un límite muy claro.
Antes de que Amaya y Romeo aparecieran, aún conservaba cierto sentido de superioridad.
Pero después de presenciar con sus propios ojos el éxito arrollador de esa pareja, y ver cómo los empleados más veteranos de la empresa trataban a Amaya con tanto respeto y admiración, el golpe de realidad la había dejado humillada y vacía.
En ese momento, su único deseo era que alguien le diera una lección inolvidable a Amaya y a Romeo. Quería verlos caer desde lo más alto, quería que sufrieran, que lo perdieran todo.

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